jueves, 14 de marzo de 2024

Del pudor

                                                 





                                                         Sobre el pudor

 
ROXANA KREIMER
 
 
Si hiciéramos la experiencia de reunir a cuatro mujeres desnudas en una habitación –una árabe, una china, una occidental y una yanomami– y dejáramos entrar sorpresivamente a un hombre, la mujer árabe cubriría su rostro, la china acaso se taparía los pies, la occidental inclinaría los brazos para cubrirse los senos y el pubis y la yanomami seguiría haciendo sus cosas como si nada. El experimento no solo mostraría que el pudor no es un valor universal, sino que las comunidades que cultivan algún tipo de recato no siempre ocultan las mismas partes ante los ojos de la mayoría de sus habitantes.
 
La moda del topless y el nudismo en general, que aún con marchas y contramarchas se impone progresivamente en un número creciente de playas del mundo entero, lleva a formularse la pregunta: ¿Qué es el pudor? ¿Su existencia depende estrictamente de la invención de los ornamentos y del vestido?
 
Para el historiador de la moda Nicola Squicciarino, en Occidente el pudor aparece como el "angustioso" recuerdo de nuestra parte animal, instintiva y no racional. La concepción cristiana del cuerpo como una "cárcel del alma" es coronada en la afirmación de Hegel de que "el hombre que toma conciencia de su destino superior, es decir, de su esencia espiritual, oculta las partes de su cuerpo que sirven solamente para desempeñar las funciones animales".
 
Durkheim también define al pudor como la lucha contra la animalidad, pero con el matiz que supone la afirmación de que su origen también se vincula con los "peligrosos" efluvios sexuales femeninos.
 
El español aún conserva un testimonio de esta consideración el cuerpo como un ignominioso revestimiento del espíritu cuando designa con la palabra genérica vergüenzas a los genitales masculino y femenino, tal como atestigua el Arcipreste de Talavera en su libro El Corbacho: "Una mujer cortó las vergüenzas de su hombre porque supo que con otra se había echado. Un día tomó su vergüenza en la mano y se la cortó con una navaja", y Fernando García Pavón en El reinado de Witiza: "Las mujeres dieron de mamar a sus hijos y se lavaron las vergüenzas".
 
En diversas culturas –incluida la occidental– los celos masculinos habrían sido una de las razones poderosas para crear el vestido y, con él, el pudor, que se manifestaría principalmente a través de un abanico de tabúes. Mientras en algunas de estas comunidades los hombres circulan desnudos y las mujeres tienden a cubrirse, en otras es frecuente que las mujeres casadas vayan vestidas, y que las demás, aunque adultas, no usen ropa.
 
Como es de suponer, el desnudo no ejerce ninguna función erótica en los pueblos en los que no existe la vestimenta. La curiosidad, la fantasía y hasta la obsesión por el cuerpo desnudo fueron despertados justamente por el hábito de permanecer siempre vestidos y por el consiguiente impacto que se obtiene al desvestirse. Como una suerte de switch mediante el cual el interés sexual puede avivarse o aplacarse, el vestido aparece como un mecanismo regulador de las fronteras del erotismo y del pudor. La paradoja planteada en Occidente es que la propensión a cubrir el propio cuerpo no ha reducido el interés sexual sino que, por el contrario, lo ha refinado y potenciado. "Donde hay un tabú hay un deseo", recordaba Freud al llamar la atención sobre esta función ambivalente de las prendas de vestir.
 
Así es como los denodados esfuerzos realizados por los jesuitas para "educar" en el pudor a los pueblos indígenas, acostumbrándolos a cubrirse partiendo de las zonas genitales, produjeron exactamente el efecto opuesto, estimulando una gran curiosidad por el sexo contrario. La función erótica del vestido fue la razón por la que en algunos pueblos de África Occidental los varones se han negado a que las mujeres incrementaran su atractivo sexual utilizando cualquier tipo de ropa. No es muy diverso el efecto producido en las playas nudistas, donde al parecer la atracción sexual por los cuerpos completamente desnudos es considerablemente menor que en las playas en las que los bañistas están provistos de diminutos trajes de baño. El nudismo suele practicarse en compañía de los hijos y cualquier tipo de exhibicionismo grosero es rápidamente descalificado. La exposición a la que aspiran gran cantidad de nudistas es afable y delicada: en la isla de San Martin, por ejemplo, los turistas circulan desnudos por las boutiques, por el supermercado y por el restorán sin que ninguna patota de muchachos asome sus risitas para espiar a las chicas. Incluso en más de una de estas playas los guardias llaman la atención si un nudista circula con su miembro erecto o si, de cara al sol, decide abandonar por completo el temple pudoroso y copular delante de todos.
 
Las nuevas formas del pudor. Para el antropólogo Desmond Morris, la cola sería el "último grito" de las prácticas del pudor: a su modo de ver, no obstante, la voluntad que tienen gran cantidad de mujeres de exhibir el trasero mientras caminan se remontaría al antiquísimo hábito de la mayor parte de las especies animales, en las que la sumisión de la hembra se revela en su costumbre de ofrecer su trasero al macho.
 
¿Cómo es que la mujer parece más pudorosa y al mismo tiempo más exhibicionista que el hombre? Algunos psicólogos sostienen que la tendencia femenina a mostrar el cuerpo deriva de la fisiología misma de la mujer, cuyas zonas erógenas están más extendidas por toda la superficie corporal que en el caso del hombre. El exhibicionismo aparecería así como una suerte de Mr. Hide del Dr. Jeckill del pudor: mientras el primero tendería a mostrar el cuerpo y a tornarlo más atractivo, el segundo perseguiría el mismo propósito ocultándolo total o parcialmente.
 
Las ceremonias del pudor no refieren con exclusividad al cuerpo y son sumamente complejas en culturas en las que este valor reviste una importancia capital. En el Japón, uno de los juegos de seducción de la geisha consiste en servir una simple taza de té haciéndole creer al hombre que tiene delante que le permite ver una parte de su cuerpo a la que ningún otro tiene acceso. La geisha debe subirse la manga del kimono dando la impresión de que el gesto es inconsciente, de que está concentrada en el té. Occidente parece haber ignorado sutilezas semejantes, aunque no ha sido indiferente a este doble juego en el que mostrar y ocultar son las dos caras de Jano de una idéntica dinámica del recato. La pregunta del millón sería: ahora que todo va camino a ser develado, ahora que las tangas –y con ellas el pudor– han llegado a su mínima expresión, ahora que no queda casi nada por destapar, ¿cuáles son los nuevos acicates del deseo que nos tiene reservados el siglo XXI? (Internet)

martes, 27 de febrero de 2024

Juan Carlos Lázaro

 


 

Juan Carlos Lázaro

(Lima, 1952-2023)

 

 

Juan Carlos Lázaro.

Gris amanece la urbe del hambre.

Lima: Lluvia Editores, 1987*.

 

Por Luis Alberto Castillo

 

La obra poética de Juan Carlos Lázaro (Lima, 1952) se inició en 1972, con la publicación de sus primeros textos en una revista de poesía. Posteriormente, en 1978, publicó, junto con Héctor Rosas Padilla, una plaquette titulada Las palabras, que reúne sus poemas ya publicados y otros inéditos.

La persistencia de su trabajo con la palabra ha permitido a Juan Carlos Lázaro un mayor dominio en el nivel formal, expresión también de una percepción más aguda y crítica de la realidad. La ciudad, tema frecuente en la poesía peruana de los últimos años, está también presente en Gris amanece la urbe del hambre, poemario publicado recientemente. En uno de sus poemas más logrados del conjunto nos dice: “Salí a deambular por la ciudad. / Luna llena y domingo. / este soy yo, dije, amante ciego / y loco como Edipo. / Basura. Suicidas. Perros vagos. / Yo y los fantasmas. / La ciudad era un ala de sombra. / Acaso un templo maya. / Besé a la luna. Y ofrecí / mi corazón al sacrificio” (Salí a deambular).

Sin embargo, la condición del habitante de la urbe es la del desarraigo, o la del enajenado por las condiciones de su existencia. Esta situación nos la sugiere en varios de los poemas del libro, pero con más evidencia en el que titula “Historia de un gusano”, de donde extraemos un fragmento: “El pobre diablo se convirtió en pariente de plantas y de hormigas, una bacteria más de la caca y la carroña. Cuando abrió los ojos, no me sonrió. Secó sus lágrimas con la yerba, preguntó a un policía por un ómnibus cualquiera, y se fue. Franz insecto grandazo, feo, sucio no soportaba aún el verano y el humo de las ciudades”.

 

Otro rasgo característico en la poesía de J. C. Lázaro es la ironía. El universo personal del individuo se halla siempre en conflicto con el universo social; para el poeta, entonces, la única salida es la ironía, un recurso que no evade la realidad sino que la supera: “Me expulsaron del Partido / por no asistir a las asambleas / Programadas a la misma hora / En que te espero todas las noches / Frente a la Plaza. // También prohibieron / A los camaradas reunirse conmigo. / Porque cuando expongo sobre / las tareas del proletariado / Siempre te estoy nombrando. // Por último me negaron / Legitimidad revolucionaria / Porque al analizar mis informes / Hallaron que en sus claves / solo tú estabas” (El profeta desterrado).

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Nota: Reseña aparecida en la sección Vitrina de Papel de La Palabra, suplemento dominical del diario Actualidad. Lima, 28 de febrero de 1988, p. X.

 

 

 

 





 

Juan Carlos Lázaro

La casa y la hojarasca

Lima: Taller Editorial ECO, 2001.*


 

La condición humana, la vida gris de las multitudes urbanas, la necesidad de adoptar nuevas creencias, de crear nuevos mitos redentores o absolutos existenciales, son las constantes que habitan este segundo poemario de Juan Carlos Lázaro; el primero, Gris amanece la urbe del hambre, apareció en 1987.

 

Lázaro muestra, una vez más, el talento de su verbo: radical, irónico y tierno hasta donde se lo permite la certidumbre de la belleza, único territorio libre para la poesía y para la vida: “No quiero tu savia ni tus raíces, Poesía / no quiero las hojas umbrías que te recubren, / no quiero el lirio ni la herrumbre, / ni la sombra ni la luz de tu casa vacía”. (Luis Alberto Castillo)

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Nota: Reseña aparecida en la sección Ex Libris de la revista La Casa de Cartón de Oxy. Lima, primavera del 2001, n° 24, p. 56.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 31 de enero de 2024

De críticos y autores

 


De los autores


«Al principio los críticos clasificaban a los autores en Antiguos, es decir Griegos y Latinos, y Modernos, es decir post-Clásicos. Luego los clasificaron por eras, en Augustianos, Victorianos, etc.; y ahora los clasifican por décadas: escritores de los 30s, los 40s, etc. Todo indica que pronto serán rotulados por años, como los automóviles».

W. H. Auden

La mano del teñidor

miércoles, 17 de enero de 2024

Hablando de poetas

                                     Hablando de poetas*


Luis Alberto Castillo


“Es de los demonios que a los poetas no les alcance el dinero para comprar los libros que escriben otros poetas” decía Carl Sandburg en una carta a Ezra Pound. Más allá de lo irónico –y paradójico– de esta frase del poeta norteamericano, lo cierto es también que la poesía no se vende, a lo más se intercambia. Los poetas son, tal vez, los únicos artistas que no viven de su arte (Neruda fue la excepción, pero una golondrina no hace el verano, ni aunque sea de Bécquer).

Los poetas, además, se hacen solos, “verso a verso”, como quería Machado. Y si necesitan leer libros de poetas como Tu Fu, Basho, Catulo, Rimbaud, por mencionar algunos de los más representativos de sus respectivas culturas, así como forjarse una formación humanística que les permita aprehender la realidad inmediata y su propio contexto sociocultural, entonces sus necesidades adquieren connotaciones dramáticas.

Y es que el poeta en el mundo burgués se ha convertido en el paria de la sociedad. Walter Muschg, en su ya clásica Historia trágica de la literatura, sostiene que: “El espíritu burgués es antitrágico, bajo su reinado no sólo se atrofian las especies excelsas de la poesía, sino también las formas excelsas de la vida del poeta. La poesía trágica –sigue diciendo Muschg– pasa a ser la tragedia del poeta, esa forma deprimente que lo trágico adopta en la atmósfera de la ciudad…”.

Nos hemos de referir aquí a algunos casos que, por lo significativo de sus nombres, serán sumamente ilustrativos. Recordemos al Dante desterrado, vagando de ciudad en ciudad, de corte en corte, en algunas de ellas acogido sólo entre juglares y bufones. Claro que, al final, sus enemigos quedarán por siempre en el Infierno. Recordemos, asimismo, a don Miguel de Cervantes Saavedra, “más versado en desdichas que en versos”; y más próximos a nuestra época, como el poeta simbolista más importante, Stéphane Mallarmé, quien procuraba su sustento enseñando inglés en un liceo provinciano; Guillermo Apollinaire, autor de Caligramas y Alcoholes, que revolucionó la poesía de nuestro siglo, sobrevivía escribiendo novelas pornográficas. D. H. Lawrence, Joyce, Kafka, poetas en el sentido de creadores de belleza, arrebataron a la miseria lo mejor de su creación.

Nuestro país tiene, asimismo, deuda muy grande para con sus poetas. El ejemplo más conmovedor es el de César Vallejo. Ah, si en vez de estatuas y homenajes post mortem, le hubieran concedido siquiera una beca, su hambre quizás hubiera sido menos real.

Juan Gonzalo Rose, poeta, compositor y dramaturgo, fue despedido de su modesto empleo en la editorial del INC, en enero de 1979. Su poesía y su memoria permanecen, quienes cometieron tal injusticia han quedado en el más profundo olvido.

Desde luego, no son éstos todos los casos. La lista es muy larga. Pero también poetas, y de los muy buenos, hay en la otra margen. La miseria o el sufrimiento no son, claro que no, requisitos para la buena poesía. Lo que pretendo es hacer consciente –a quienes les pueda interesar– que los poetas –productores de belleza– merecen mejor suerte en vida. Que sus ingresos les permitan no sólo comprar los libros de los otros poetas, sino acceder a mejores niveles de vida; es decir, el ocio creativo, necesario para toda empresa poética.

Porque, “¿Qué es el poeta? / Un hombre / que trabaja el poema / con el sudor de su rostro. / Un hombre / que tiene hambre / como cualquier otro / hombre” (Cassiano Ricardo).

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* Artículo publicado en el diario El Peruano. Lima, 3 de junio de 1994, p. 9.

jueves, 28 de diciembre de 2023

Un poema ha de ser ...

 

Arte poética*


                                                     
Archibald MacLeish



Un poema ha de ser palpable y mudo
Como una fruta redonda.
Callado
Como al tacto las medallas antiguas.
Silencioso como piedra desgastada
De los bordes de la ventana donde el musgo crece.
Un poema ha de ser inefable
Como el vuelo de los pájaros.
Un poema ha de permanecer inmóvil en el tiempo
Como la luna en su ascenso.
Abandonando, como la luna abandona
Rama tras rama, los anochecidos árboles enmarañados.
Abandonando, como abandona la luna, cuando pasa el invierno,
Recuerdo tras recuerdo, el pensamiento.
Un poema ha de ser inmóvil en el tiempo
Como la luna en su ascenso.
Un poema ha de ser semejante
A lo incierto.
Para toda historia de lamentos
Un portal desierto, una hoja de arce.
Por amor
Las hierbas inclinándose y dos luces sobre el mar.
Un poema no ha de significar
Sino ser.


Traducción: Marisol Bello y Luis Alberto Castillo.

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* Publicado en Unión Libre. Revista de Literatura, núm. 1. Lima, diciembre de 1981, p. 31.  

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Poética de las dualidades


 Westphalen: una poética de las dualidades*


LUIS ALBERTO CASTILLO


Flame d‘eau guide-moi  jusqu’à la mer de feu” (Llama de agua, guíame hasta la mar de fuego). Este verso de André Breton sirve de epígrafe al segundo cuaderno de poemas que Emilio Adolfo Westphalen publica en el verano de 1935, con el título de Abolición de la muerte (Lima: Ediciones Perú Actual, 1935), uno de los más bellos e intensos de la poesía peruana.

Cinco son los poemas que conforman la primera parte de Abolición de la muerte. En ellos el poeta ‘pinta’ vastos paisajes oníricos en los cuales están los cuatro elementos de la naturaleza: Aire/Tierra/Agua/Fuego. Lo humano está representado a través de la niña que aparece –mencionada o aludida– en los cinco poemas, o a través de la constante alusión a las manos y los ojos.

Esos paisajes oníricos: desiertos, playas, bosques, océanos, firmamento, no están vacíos; en ellos se mueven seres u objetos tan disímiles como diversos en sus dimensiones: corales, aves, ninfas, lirios, pianos estrellas… relacionados entre sí por medio de asociaciones libres, a la manera superrealista.

Destaca, asimismo, la presencia de lo femenino, vinculado estrechamente con aspectos positivos: alegría, belleza, armonía, luz; plasmada desde el verso inicial del primer poema: “Sirgadora de las nubes arrastradas de tus cabellos”, y evidente en el verso final de la primera parte del libro: “La niña con su mano”.

Este último verso es también la mano que se nos tiende para llegar a la segunda parte del poemario, compuesta de cuatro textos, los que –en nuestro sentir– son los más intensos de toda la poesía westphaliana.

En el primer poema encontramos la presencia de un tú que alude a la persona amada: “Viniste a posarte sobre una hoja de mi cuerpo / Gota dulce y pesada como el sol sobre nuestras vidas / Trajiste olor de madera y ternura de tallo inclinándose / y alto velamen de mar recogiéndose en tu mirada”. La amada, como personificación del amor, se asemeja al sol que hace posible la vida, aboliendo la muerte, o el desamor.

El poema es, por tanto, un canto al amor realizado, al amor pleno (espacio interior) el cual se ve –asimismo– reflejado en el paisaje o entorno natural (espacio exterior). “Con el contento de decir he llegado / Que se ve en la primavera al poner sus primeras manos sobre las cosas / Y anudar la cabellera de las ciudades / Y dar vía libre a las aguas y canto libre a las bocas”.

En el segundo poema, el sujeto es la primera persona, que se dirige a una interlocutora que no es otra que el ser amado: “Te he seguido como nos persiguen los días / con la seguridad de irlos dejando en el camino / de algún día repartir sus ramas / Por una mañana soleada de poros abiertos”. La realización amorosa –plano de lo individual– se extenderá siempre al plano de lo universal: “Para que una nueva aurora encienda nuestros labios / y ya nada pueda negarse”. El amor es, entonces, el diálogo entre el Tú-Yo/Yo-Tú, es decir la dualidad del principio femenino y el principio masculino convirtiéndose en la unidad de lo humano.

Encontramos que Abolición… está estructurado sobre la base de varias oposiciones o dualidades, como la del mundo exterior/mundo interior, que se produce cuando en la primera parte del libro nos ubica en los paisajes oníricos o espacio exterior, frente al espacio de la segunda sección, en la cual prima lo afectivo, que constituye la realidad interior del ser humano.

Y por último, la dualidad que tiene que ver con el leitmotiv de este poemario. Se inicia en el tercer poema de la segunda parte: “He dejado descansar tristemente mi cabeza / En esta sombra que cae del ruido de tus pasos / Vuelta a la otra margen / Grandiosa como la noche para negarte”. Algunas líneas más abajo dirá: “He abandonado mi cuerpo”. ¿A qué contexto nos remiten estos versos? Reparemos en palabras como “tristemente”, “sombra”, “noche”, “abandonado mi cuerpo”, indicios que nos llevan a suponer que se trata del término opuesto al de la vida.

Poco después habrá de seducirnos la belleza de estos versos enigmáticos “Corza frágil teme la tierra / teme el ruido de tus pasos sobre mi pecho (…) / Ya tus ojos han de cerrarse sobre los míos / y tu dulzura brotarte como cuernos nuevos / Y tu bondad extenderse como la sombra que me rodea”… ¿Será la corza frágil la corporificación poética de la muerte? Esto nos lo hace pensar también los versos siguientes: “Porque llevas prisa y tiemblas como la noche / La otra margen acaso no he de alcanzar / ya que no tengo manos que se cojan / de lo que está acordado para el perecimiento / ni pies que pesen sobre tanto olvido / de huesos muertos y flores muertas”.

Al anteponer el tema de la muerte, el poeta no hace sino resaltar su opuesto: la vida, en el texto que cierra el libro. Poema de honda y trascendente significación, en él expresa la unidad de lo interior y lo exterior, en donde la correspondencia hombre-mundo, como la unidad mente-cuerpo componen un todo armónico: “Dejando correr la sangre como un río bueno / porque es la misma la que yo recibo y tú llevas / y las mismas florestas resuenan en nuestros gritos / y las mismas palomas reposan sobre nuestros ojos”.

Las dualidades femenino-masculino, exterior interior, hombre-naturaleza o espíritu-materia, muerte-vida, como las oposiciones aire-tierra y agua-fuego, no son sino manifestaciones de la totalidad que integra al hombre y al cosmos, aspiración que solo la poesía hace posible.

Con Abolición de la muerte culmina el momento más brillante de la obra poética de Westphalen, iniciado con Las ínsulas extrañas. Obra breve, por cierto, pero que le ha bastado para ser considerada entre las voces más altas de la poesía peruana.


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* Artículo publicado en Revista, suplemento cultural de El Peruano. Lima, 15 de mayo de 1995, p. 4.

jueves, 23 de noviembre de 2023

Arte, literatura y sociedad

 




LITERATURA Y SOCIEDAD*

 

Emilio Adolfo Westphalen

 

Tal vez nunca como ahora se ha aborrecido tanto de las facultades creadoras del hombre según se expresan en el arte y la poesía, se ha tratado por todos los medios de desprestigiar la labor del artista, de rebajarlo al puesto de funcionario de la propaganda política, de imponerle normas ajenas a su vocación, ya sean los dictados de la historia, las obligaciones que impone la actualidad o el deber de defender a una u otra clase social. En las sociedades totalitarias o de tendencias totalitarias que predominan actualmente (¿hasta qué extremo no habrá cundido el contagio, cuántas de nuestras instituciones o de nuestros usos llamados democráticos no están ya carcomidos por el mal?), se mira con desconfianza y hostilidad una actividad que por su esencia misma se opone a la menor regimentación, a cualquier especie de control desde fuera de ella misma; se sospecha de un acto que brota de las zonas más oscuras del ser y que expone a todos los ojos una imagen inquietante de las posibilidades humanas, de sus potencias ocultas y de su destino incierto.

¿Cómo explicar que desde la revolución industrial, o acaso desde antes, se haya tendido a temer toda manifestación libre y desinteresada del espíritu humano? ¿Por qué no habrá casi interés sino por la fabricación de mercaderías en serie y la multiplicación de su consumo? ¿Por qué no ha de importar sino la cantidad, la máquina, el robot, la cháchara embrutecedora de la publicidad y la propaganda? ¿Es posible que ahora lo ideal sea convertir a los hombres en autómatas y suprimir el sueño, la imaginación, el amor, la poesía, el éxtasis? ¿En las sociedades perfectas del racionalismo positivista que se trata de imponer, estará todo fijado de antemano, todas las acciones y todos los pensamientos preestablecidos, como se relata en numerosas utopías y novelas de anticipación? ¿Serán entonces sólo válidas la eficacia y la regularidad de la máquina? ¿Será el destino de la civilización industrial, donde la máquina estaba destinada a librar al hombre de ciertas servidumbres y trabas económicas y sociales, precisamente de convertir el hombre en máquina? ¿Será cierta la perspectiva horripilante que nos ofrece de un mundo exclusivo de autómatas?

Contra esa perspectiva solo es dable oponer el arte y su espíritu libre y desmedido. Sí, me hago una idea muy elevada del arte y la literatura, creo que no son un reflejo de la realidad social y económica de una época, tampoco una imitación de la naturaleza si como algunos suponen una secreción más del organismo humano. Considera la obra de arte más bien como un objeto ambiguo entre la realidad y lo imaginario, tan satisfactorio y decepcionante como puede ser el hombre mismo, el único objeto, desde luego, que expresa esa circunstancia humana de sentirse el hombre un ente prisionero, pequeño, nulo, pero que en la exaltación, en el olvido de sí mismo, en el delirio, logra a veces sobrepasar esos límites. Por la obra de arte, (¿acaso exclusivamente por ella?) el hombre se conoce y reconoce, en ella adquiere conciencia de lo que le ata o destruye y también vislumbra la vía de escape de la liberación. En la negrura de lo cotidiano, la canción, el poema, la danza, la obra plástica se abren con el fulgor de soles íntimos y en la sorpresa y el choque se rehace nuestro ser y adquirimos una conciencia más amplia de nosotros mismos y del mundo.

               En una definición del hombre no cabe prescindir de su actividad estética, aún más, quizás sea según esa actividad que puede definírsele con más cercanía de acierto, con la seguridad de dar en la proximidad del blanco. Una comunidad no será armónica, feliz, si sus miembros no están en libertad de seguir sus inclinaciones artísticas. Esto no es quimérico; todavía un escritor contemporáneo de Bali puede afirmar que en esa isla casi todos sus habitantes se sienten artistas, en una u otra forma.

               (Aunque también en Bali las cosas cambian. Con la introducción de los artefactos y las costumbres occidentales ya no hay lugar ni tiempo para la práctica de las artes ni quién las proteja).

               Es verdad de lo más vulgar reconocer que el artista, como cualquiera de nosotros vive en común con cierto número de otros hombres. De esta perogrullada no se sigue, sin embargo, que esté en la obligación de escuchar y aceptar las indicaciones o mandatos de profesores de la literatura, censores morales o religiosos, funcionarios de gobierno, directores de corporaciones o secretarios de partidos. En verdad para el cumplimiento de su misión el artista no ha de satisfacer sino a la demanda interior de creación. Únicamente así hará la obra valedera. Consciente o inconscientemente habrá, además, dado expresión en ella a sus prejuicios y a los de la comunidad o el grupo en que vive.

               Estos son los elementos efímeros y deleznables de su obra. En caso de no estar compensado por una visión profunda, en caso de no haber logrado que en su obra cristalicen y se resuelvan las urgencias encontradas de su ser más recóndito (lo cual naturalmente no guarda relación alguna con sus problemas “personales”), entonces no habrá hecho obra de arte y su empeño habrá sido inútil. No niego que un tema que se base en las condiciones de determinada sociedad pueda utilizarse en algunos géneros artísticos para producir una obra de arte, empero la presencia de este tema no es el criterio decisivo para la evaluación (como sería ridículo preferir una pintura a otra porque el espectador encuentra que ofrece más parecido o semejanza con un objeto, una persona o un lugar que él conoce o que él recuerda).

               Eso en cuanto al tema; además hay dómines de la literatura o la política que pretenden imponer al artista estilos o criterios especiales. Deciden, por ejemplo, que toda obra de literatura o de pintura ha de cortarse con arreglo a un molde que ellos dibujan y que llaman, pongamos por caso, “el realismo socialista”. Es curioso observar que los poetas del partido no siguen la consigna y que en sus lucubraciones de baja literatura prefieren el panegírico barroco y exaltado, el elogio descomunal y muy poco “realista” de las supuestas virtudes de los líderes o de ciertos grupos sociales (loas al padrecito de todos los pueblos, cantos a mi aldea, mi país, etc. Todavía no he tenido ocasión de ver la aplicación del realismo socialista a la música sinfónica, la danza o la arquitectura, aunque la tarea no sería extraña a cierta casuística dialéctica). El juego de ambigüedades gira desde luego alrededor del término “realidad”. En otra obra de arte la realidad está evocada, el artista sin embargo utiliza sólo algunos rasgos, algunas características, las imprescindibles para expresar su relación con esa realidad, a la cual exalta o denigra o a la cual opone otra, siempre posible. Aun los novelistas del más puro realismo no dejan de pasar la realidad por un riguroso tamiz y no utilizan elemento alguno que no se preste a la demostración de la posición adoptada a priori. Puede ocurrir que en tales obras lo único valioso sea, a pesar de todo, algo que eludió la vigilancia, alguna veta escondida que de pronto afloró y reveló una realidad humana menos sistemática que la que el novelista prejuzgaba y más honda que a ras de piel.

               Entre la oposición abierta de los unos y la protección interesada de los otros, en nuestro tiempo la vida del artista no es nada fácil. No puede sin embargo claudicar; su deber es defender la autonomía absoluta de su obra. No puede ceder en ella sin anular el valor que pueda tener tanto para sí como para los demás, es decir, sin anular también su alcance social. Ha de oponerse a quienes quieran señalarle normas y trazarle caminos. A él corresponde encontrar la norma desconocida y abrir el camino inédito. Si se quiere por otra parte que el hombre no degenere en autómata, no habrá otro medio sino tratar de revivir en él sus potencias de creación, su sentido estético, o sea, la disponibilidad completa, el aura de libertad que el arte procura.

               En el sombrío paisaje de nuestros días, rasgado por los alaridos del odio y la muerte y el ensordecedor murmullo de los autómatas, quizás la clara voz de un poeta, brotando del venero más cristalino y transparente, pueda inscribir contra tanta ignorancia, destrucción y miseria la nueva esperanza y una recién nacida buenaventura.

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*     Westphalen, E. A. Escritos varios. Sobre arte y Literatura. Lima: Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 405-410.