sábado, 13 de junio de 2020

Sobre Cronwell Jara y los años setenta sanmarquinos



Sobre un joven poeta y narrador de nombre Cronwell Jara Jiménez y los años setenta sanmarquinos*


Luis Alberto Castillo C.





En primer lugar, agradezco al poeta Sandro Chiri por permitirme participar en este acto de reconocimiento a la obra de mi estimado amigo y condiscípulo sanmarquino Cronwell Jara. A propósito, hago memoria que conocí a Sandro allá por el año 1987, si mal no recuerdo, en el ascensor de un edificio de la avenida Abancay, donde en el sétimo piso funcionaba la redacción del diario Actualidad, medio en el cual el que esto escribe fungía de corrector y Sandro dirigía La Palabra, el suplemento dominical de dicho diario, y quien nos presentó fue nada más y nada menos que nuestro común amigo Cronwell.

En esta semblanza me ocuparé de mi experiencia sanmarquina que abarca sobre todo desde el año 1973 hasta 1976, periodo durante el cual tuve la suerte de compartir vivencias académicas y literarias, y de confraternizar más allá de los ámbitos universitarios con Jorge Cronwell Jara Jiménez.  

A pesar de que ambos habíamos estudiado el Ciclo Básico en “Oxford”, conocí a Cronwell recién cuando pasamos a la Ciudad Universitaria, en 1973, en el entonces denominado Programa de Literaturas Hispánicas. Nota aclaratoria: le decíamos “Oxford” al local donde los cachimbos realizábamos los Estudios Generales, que quedaba en la cuadra 19 de la avenida Venezuela, y que anteriormente había sido la fábrica de los zapatos marca Oxford.

Surgida nuestra amistad en las aulas literarias, presenté a Cronwell a un grupo de amigos que conocí en el Ciclo Básico, entre quienes estaban Lupe García, Julio Durand y Alfredo Madrid.

Lupe estudiaba psicología; le decíamos ‘La Maga’, en alusión al personaje de Rayuela, una de nuestras lecturas favoritas de entonces; era asidua lectora de los existencialistas, sobre todo de Herman Hesse. Ella nos consideraba unos casos clínicos y nos sometía al test de Rorschach y a otros análisis psicométricos que le revelaban nuestras más recónditas obsesiones. Desde entonces cultiva la amistad del autor de Faite.

Julio Durand, quien en su adolescencia había frecuentado a las musas pero se había desengañado de ellas, era un fervoroso lector de Marcel Proust; no obstante, se había inclinado por la sociología y discutía sobre filosofía marxista con los profesores. Él fue el primer editor de Hueso duro, una de las obras narrativas primigenias de Cronwell, en Ediciones Diálogo, en 1980.

Alfredo Madrid estudiaba Medicina, con miras a convertirse en colega de Freud, sin embargo paraba más en el Patio de Letras que en San Fernando. Generoso como el que más, era el que en las cantinas siempre ponía las cervezas, además de regalarnos libros (me obsequió el Ulyses, de Joyce). Leía más literatura que los propios escritores noveles de entonces, y a veces se le escuchaba recitar de memoria, con su potente voz, algún capítulo de El Quijote. Con Alfredo realizábamos largas caminatas nocturnas por el centro de Lima; compartíamos la búsqueda de la belleza y ciertos ideales sociopolíticos, pero a él y a mí nos distanciaban nuestras inquietudes amorosas por una muchacha sanmarquina. Fue un amigo entrañable de Cronwel. Murió en 1977, a los 23 años.

Con ellos y con nuevos amigos nos reuníamos en los jardines o en el bosque de la Facultad de Letras para conversar o leer nuestros poemas o relatos. Cronwell, al mismo tiempo que abría su cuaderno de hojas cuadriculadas escritas con letra menuda desde la primera línea hasta la última, y sin dejar márgenes, nos contaba que tenía bastantes relatos escritos, y nos leía algunos de sus textos. Por esa época escribía bajo el seudónimo de Abebe Bikila (los jóvenes que tengan curiosidad por saber de quién se trata pueden encontrar su biografía en internet).

Por los años 1973-1975 coincidimos en el área de Literatura de San Marcos un grupo de piuranos, entre quienes estaban Marco Martos y Armando Rojas en la plana docente; Eduardo Urdanivia y Róger Zapata Kuyén eran los alumnos más antiguos; Cronwel Jara, Rosa Carbonel, Mito Tumi y este escribidor conformábamos la siguiente generación; con la llegada de Roger Santiváñez se completaría el contingente norteño.

Asimismo, compartíamos aula, y no pocas veces carpeta, con Ana María Mur, Guido Podestá, Santiago López Maguiña, Miguel Ángel Rodríguez Rea, Ana María Gazzolo, José Morales Saravia, Carlos Orellana, Gianfranco Brero, Marisol Bello, Juan Luis Dammert, Orlando Germán, entre otros. También concurrían estudiantes de allende el océano Atlántico, como los yugoslavos Valeria y Goran Tocilovac, y la búlgara Raina Voteba (no estoy seguro si está bien escrito el apellido); y tras el golpe de los milicos, en Chile, Huidobro y Neruda nos enviarían a Coral Pey.

Además de los amigos y condiscípulos mencionados, el futuro autor de Patíbulo para un caballo alternaba con un grupo de ‘patas’ que eran amantes de la filosofía, de la poesía oriental y de otros menesteres culturales; entre ellos se encontraban Víctor Hugo Velásquez, Juvenal Ramos, Mario Choy, Walter Vargas Machuca y algunas musas.

Desde mi experiencia académica sanmarquina de esos años merecen especial mención los profesores Pablo Guevara, quien dirigía el Taller de Poesía del Ciclo Básico, donde escuché hablar por primera vez de Apollinaire, Bretón, Brecht, Allen Ginsberg, por mencionar a los que más me impresionaron; Wáshington Delgado, sus clases de literatura española eran sumamente entretenidas, pues matizaba sus exposiciones con ‘sabrosas‘ —palabra recurrente en él— anécdotas de los escritores sobre los que estaba tratando, mientras con fruición daba ávidas pitadas a sus cigarrillos y exhalaba haciendo volutas de humo, pues en aquella época se podía fumar en el lugar que a uno le apeteciera; Javier Sologuren (además de muy buen profesor, era siempre cordial y asequible con los alumnos); Paco Carrillo, que también dirigía la mítica revista de poesía Haravi, en la que los liróforos en ciernes aspirábamos publicar; Francisco Bendezú, que para bien de los estudiantes no pocas veces transgredía los cánones de la docencia y de quien Cronwell contaba divertidas ocurrencias, como aquella en la que después de clase los invitó a él y a otros cuatro o cinco alumnos a almorzar al entonces exclusivo restaurante del hotel Bolívar, donde intercambiaron saludos con Luis Alberto Sánchez. De igual modo, recuerdo de manera especial a Marco Martos e Hildebrando Pérez, ellos dirigían el Taller de Poesía, que se realizaba en el Repertorio Bibliográfico de la Facultad de Letras, al que asistíamos puntualmente los días viernes, de 5 a 7 p. m.  

Por esos años también, como haciendo tiempo antes de que empiecen las clases o el Taller de Poesía, los jóvenes bardos nos reuníamos en las bancas del Patio de Letras, a “fatigar la infamia” (frase de Borges que Mito siempre cita) y hablar de los amores posibles, pero más de los imposibles; de vez en cuando caía por ahí Chacho Martínez, acompañado del aeda Juan Ojeda.

A propósito de este navegante, recuerdo una anécdota en la que fui copartícipe con Ojeda y Cronwel. Una tarde, casi noche, pasábamos el hoy galardonado y yo frente al Palermo, y decidimos sentarnos a tomar un café, y de pronto se acerca tambaleando a nuestra mesa un señor vestido con terno que no era otro que el autor de El arte de navegar; al pasar al costado de una mesa vecina donde había un grupo de amigos que tenían varias botellas de cerveza sin consumir, Juan, sin decir nada, agarró dos botellas y las trajo a la nuestra. La reacción de los afectados no se hizo esperar y furibundos vinieron a increparle al poeta chimbotano tamaña osadía, pero el verbo de Cronwell los calmó, recuperaron sus botellas y se retiraron, y la sangre no llegó al río.          

En cuanto a la obra literaria cronweliana de la época que estoy rememorando, diré, brevemente, que si bien ahora es más conocido por su vena narrativa, sin embargo en la década de los setenta publicó sobre todo poesía, en las diversas revistas que los estudiantes sanmarquinos editábamos artesanalmente, las que se tipeaban en esténcil y se imprimían en mimeógrafo, como Textos, Ave Destino, Escritura, Disturbios, entre otras. Ahí publicó, por ejemplo, sus poemas “Nuestras musas orinan” (1975), “Sobre un juglar y sus días cotidianos” (1975), “Seis tankas de otoño” (1976); en los años posteriores diversas publicaciones literarias de mayor nombradía continuaron dando a conocer el estro poético jareano.

Finalmente, solo me queda decir que más o menos a fines de 1976 nuestros senderos se bifurcaron pero nuestra amistad ha permanecido siempre constante. Por mi parte empecé a frecuentar más asiduamente el Wony y la plaza San Francisco, y Cronwell continuó sus estudios hasta graduarse y se dedicó a escribir los cuentos y novelas que lo han hecho merecedor de diversos reconocimientos, como el que ahora le otorga la Casa de la Literatura.


Lima, abril del 2019


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* Leído en la Casa de la Literatura, el 25 de abril del 2019.
   


domingo, 24 de abril de 2016

La Canción de las Figuras (1916-2016)






“La canción de las figuras”, por José María Eguren*


Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes de su valor, que consiste en la alegría de adivinar poco a poco; sujerirlo, he ahí el ideal soñado. El perfecto empleo de este misterio es lo que constituye el símbolo; evocar poco a poco un objeto y desprender de él un estado de alma o, inversamente, escoger un objeto y desprender de él un estado de alma por medio de una serie de descifraciones”.

Estas palabras de Mallarmé –quizá las que mejor mejor han definido el simbolismo– vienen irremediablemente a la memoria cuando de José María Eguren se quiere tratar. El autor de “Simbólicas” (Lima, 2011) y que ahora ha publicado “La canción de las figuras”, libro dedicado, con generoso acierto intelectual y lírico, al “insigne maestro don Manuel González Prada”, es uno de esos escritores que asustan a la Bestia Policéfala, desconciertan a los diletantis, encanta a los snobs y preocupan honda y sinceramente a los intelectuales de buena ley. No es tan fácil opinar de Eguren en la fugacidad de una noticia bibliográfica. Pero urge indicar que en él se encarna algo que las letras nacionales no pueden posponer, algo que es luminoso y exótico. Es, ante todo, un poeta lejano, porque para su acentuada individualidad no puede haber justicia en este momento en que todos luchamos por el predominio de nuestros respectivos credos. Caldeada la arena del palenque y excitados los egoísmos y los rencores, este poeta tan original y complicado no puede ser visto con ecuánime unción artística. Hasta el hecho, de preclara honradez intelectual, de dedicar su libro a quien es, pese a todo, porque ése si vive muy lejos de nuestras rencillas, “insigne maestro” de arte y vida, es, para muchos renacuajos, alegato de condenación. De todos modos, “Colónida” no dejaría de publicar un ensayo serio a propósito de Eguren. Uno más, no obstante el apreciabilísimo que, “Colónida” también publicó, y que fue escrito por Enrique A. Carrillo, ensayo que sirve de prólogo a “La canción de las figuras”.


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* Reseña publicada en Colónida, n.° 4. Lima, mayo de 1916, p. 34).       

jueves, 17 de septiembre de 2015

Solitarios son los actos del poeta...

 
 
Luis Hernández
 
El bosque de los huesos
 
Mi país no es Grecia,
Y yo (23) no sé si deba admirar
Un pasado glorioso
Que tampoco es pasado.
Mi país es pequeño y no se extiende
Más allá del andar de un cartero en cuatro días,
Y a buen tren.
 
Quizá sea que ahora yo aborrezca
Lo que oteo en las tardes: mi país
Que es la plaza de toros, los museos,
Jardineros sumisos y las viejas:
Sibilinas amantes de los pobres,
Muy proclives a hablar de cardenales
(Solteros eternos que hay en Roma),
Y jaurías doradas de marocas.
Mi país es letreros de cine: gladiadores,
Las farmacias de turno y tonsurados,
Un vestirse los sábados de fiesta
Y familias decentes, con un hijo naval.
 
Abatido entre Lima y La Herradura
(El rincón Hawai a diez kilómetros
De la eterna ciudad de los burdeles),
Un crepúsculo de rouge cobra banderas,
Baptisterios barrocos y carcochas.
Como al paso senil del bienamado, ahora llueve
Una fronda de estiércol y confeti:
Solitarios son los actos del poeta
Como aquellos del amor y de la muerte.
 
(De Las constelaciones, 1965)
 
 


martes, 27 de mayo de 2014

Ascensión a la noche: Homenaje a Orlando Germán

 
Ascensión a la noche
Orlando Germán
(Mala, Lima, 1952-2011)
 
Ciudad Universitaria de San Marcos, segunda mitad de los setentas…  algunas tardes, grises o doradas, sentados en las bancas del Patio de Letras conversábamos con Orlando Germán y otros jóvenes vates, sobre la vida, el amor, la belleza…; es decir, la poesía. En su homenaje, publicamos el texto autobiográfico y dos poemas de su libro Ascensión a la noche.         
 
La débil luz de una lámpara a kerosene iluminaba una casita —construida con caña brava— la noche del seis de Abril hace veintiocho años, allá, en las salidas del pueblo de Mala. En esos tiempos no existía el motorcito de luz, ni los Avalos poseían sus carros, ni la Reforma Agraria se había dado. Esa noche nací yo, según me cuentan.
Entonces conocí la casa con su techumbre de paja, conocí los sauces y álamos que siempre rodearon su perímetro. La casa y el pardo camino que vió secretamente el cansancio de los toros aprendieron a sentirme como un pulso más en sus calladas existencias. Conocí muchachos con quienes solía por las tardes cazar pajarillos con hondas de jebe. Una vez me cayó una pedrada en la boca y se me arrancaron dos dientes de leche. El río con sus aguas cristalinas refrescaba nuestros cuerpos inocentes. Bocho, Octavio, el Josicha, mi hermano Alejandro, el flaco Adolfo y también Alberto que más tarde se casaría con mi hermana Hermelinda para dejarla viuda con cuatro niños, compartíamos el juego.
La escuela 453 de Mala varió mi vida. Mis ensueños infantiles comenzaron a buscar un acomodo en mi nostalgia, cuando comenzó la lucha empedernida con la pobreza de mis padres y sus trágicas caídas. La secundaria en el Dionisio Manco Campos de mi ciudad natal me sumergió hondamente en el tráfago sin rumbo de los días similares. Con Ítalo Barahona, Edilberto Caycho, Daniel Campos y Campana bautizamos profesores, trazábamos proyectos y peleábamos. Los proyectos nunca se cumplieron y hoy los años se suman a mi vida y todavía veo florecer los anhelos latiendo con la tierra, el agua del río, las retamas, las cosechas que motivan los esfuerzos de la lucha por hacerlas nuestras, definitivamente.
Orlando Germán
                                                                                                        (p. 45)                    
 
 
Ascensión a la noche
                                         Para Haydeé
El pájaro paca-paca
cantando en la espesura
Entre los juncos
los batracios
con un trozo de sangre en las pupilas.
 
La noche
traza contornos de muerte en los helechos
Tras las cortinas
descansas agotada entre las sombras
con un proyecto de relámpago entre las sienes.
                                                                          (p. 17)
 
 
Jornadas
 
Primera edad
Se sucedieron extensas cacerías en ilímites fronteras
El tiempo alacrán
se enredaba en las astas de los toros
Tú temblando en las retamas
Anunciabas los encuentros.
 
Segunda edad
Incendio sobre el reino de los grillos
suscitaba estrangulantes
saltos chamuscados
Al abrir los ojos
me vi ardiendo en el alcohol de tus contornos.
 
Tercera edad
Ya no la retama de los nidos
Ya no el grillo perseguido por los pájaros
ni el pardo caminito que vio secretamente
el cansancio de los toros
Ahora enormes escaleras de cemento
y nosotros
confinados a escasos centímetros cuadrados
donde han osado poner precio a tus encantos.
                                                                       (p. 29)
 
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De: Ascensión a la noche. Lima: Ediciones Lluvia, 1980.


sábado, 19 de abril de 2014

Rubén Urbizagástegui

 
Rubén Urbizagástegui: una revaloración
 
Luis Alberto Castillo
 
 
Una de las características de la cultura peruana es la de ser básicamente dual: lo español y lo indígena, lo rural y lo urbano, la sierra y la costa, etcétera.
 
Esta polarización cultural, étnica o social no ha sido resuelta con el mestizaje. Este, situado entre lo hispánico y lo indígena, se ha identificado siempre con el primero. Su condición servil no le impide despreciar al hombre andino, al que considera un ser inferior; no obstante, la cultura andina sobrevive a cinco siglos de ignominia.
 
El idioma castellano, la religión católica, los avances científicos y tecnológicos no han sido ni son lo suficientemente capaces para destruir una cultura sólidamente enraizada en el mundo andino.
 
El idioma quechua principalmente, la concepción mágico-mítica del universo que convive con la fe cristiana; la comunidad como núcleo social, y las expresiones artísticas ligadas a la actividad agraria, con permanentes invocaciones a los elementos de la naturaleza: montañas, ríos, animales, plantas, representan la vigencia de una cultura que mantiene muchos de sus valores.
 
El campesinado andino, venido a Lima en esa gran oleada migratoria del campo a la ciudad de las últimas décadas, no ha perdido su identidad cultural. El vínculo con su terruño se mantiene a través de las actividades de los clubes provinciales representativos. A través de su música y sus danzas recuerda sus mejores vivencias en su pueblo de origen. De este modo el trauma de la adaptación de un medio sociocultural a otro es en cierta forma superado.
 
Sin embargo, entre los inmigrantes con un grado de integración cultural mayor pero con un nivel de conciencia crítica más elevado, la adaptación al mundo urbano se realiza con muchas dificultades o algunas veces no se realiza.
 
José María Arguedas es el prototipo del provinciano integrado a un estrato sociocultural de primer nivel, pero que anímicamente se identificaba más con el mundo andino. Hablante de dos lenguas, con una pensaba –el español– y con la otra sentía –el quechua–, expresión excelsa del dualismo cultural del hombre peruano, que quiso unirlo en Todas las sangres, pero que terminó admitiendo la realidad insoslayable de El zorro de arriba y el zorro de abajo.
 
Parecido es el caso del poeta Rubén Urbizagástegui, quien expresa en su aún breve obra poética el ser y el estar entre dos vertientes: la lógica de la cultura urbana y la magia y el mito de la cultura andina.
 
Nacido en la comunidad de Virunhuaira (Cajatambo) en 1945, Urbizagástegui estudió Antropología en la Universidad de San Marcos. Adhirió por breve tiempo al Movimiento Hora Zero (marzo de 1973). En 1978 publicó el único libro de poemas que conocemos: De la vida y la muerte en el matadero (Lima, Gráfica Mariátegui), elaborado a la manera de un tríptico, conformado por “Del matadero”, “De la muerte” y “De la vida”.
 
Venido de una comunidad donde valores como la amistad, los vínculos familiares y la solidaridad tienen aún mucha importancia, a una ciudad donde impera el individualismo, la soledad; donde se sobrevive en dura lucha contra diversas formas de opresión, y apartado del entorno natural, el poeta alude a su situación de desarraigado, de marginal: “Es difícil vivir en Lima y hasta quizás un poco triste” (Mi padre es el verano), “deja de vagar jodido en Lima / al oído me dicen mis amigos / escapa de esta lata de conservas” (Canción en tres estaciones).
 
Al mismo tiempo que hace de la ciudad –Lima– un espacio negativo, el poeta reivindica su lugar de origen –su terruño– como el espacio positivo: “Que Lima es sólo 200 balcones donde 200 militares / quisieran tomar el sol / que existe un río hablador que es mudo / y otro chillón que es sordo / que vivo y revivo en sus calles de cenizas / pero que mi corazón se emborracha / y nace y muere y habita en Virunhuaira” (Ancha es la pista al sur María Christine). En otro poema leemos: “Por qué pues flor de capulí por qué tengo que vivir así / qué voy a hacer en esta ciudad que me ha robado el silvo del viento / y poco a poco hasta la piel me la está quitando…” (Flor de la pucarina).   
 
En estos textos el poeta evidencia su malestar por la ausencia de la armonía entre el mundo exterior y su condición de individuo, que no ha logrado asimilarse a esa realidad hostil. En el último de esta sección se plantea una toma de posición: “… Oh padre mío, es más grande mi delirio o tu altura / qué persigo en estos aguajes / qué son entono” (Diálogo), que será resuelta en el tercer elemento del tríptico: “De la vida”, que considero la parte más lograda del libro.
 
Asimismo, poemas como “Negro pájaro chivillo”, “Matarina”, “Verdes florecen las retamas de Coriorco”, “En las tardes”, entre otros, son muestras del notable talento poético de Rubén Urbizagástegui, en esa línea tan próxima a la canción andina en cuanto a ternura y profundidad de sentimiento.
 
Magdalena del Mar, noviembre de 1992.
 
Fuente: Alma Matinal. Año 1, núm. 2. Lima, diciembre 1992-enero 1993, pp. 14-15.


jueves, 27 de marzo de 2014

Donde se habla del poeta José Cerna

 
Donde se habla del poeta José Cerna y de sucesos relativos a estos tiempos
Luis Alberto Castillo
 
Este texto fue leído a modo de preámbulo en la presentación del libro Sujeto a cambio. De las relaciones del texto y la sociedad en la escritura de César Vallejo de José Cerna Bazán, el año 2004, en el auditorio de la Escuela Nacional de Folklore José María Arguedas. La disertación sobre la obra en sí estuvo a cargo de Juan Luis Dammert.
 
 
Sabíamos de su existencia por sus poemas aparecidos en las revistas de Hora Zero, en Harawi, en la selección Estos trece de José Miguel Oviedo (1974); en la Antología de la poesía peruana de Alberto Escobar (1973), pues él no frecuentaba el aserrín del Palermo. Mas un día, cuando algunos jóvenes aprendices de poetas veíamos morir la tarde desde una mesa de la famosa taberna de La Colmena, alguien comentó: “Ahí va el poeta José Cerna”. Era un muchacho con gruesos lentes de montura negra que vestía un saco verde, quien pasaba abrazando a una valquiria y oteando hacia el fondo de la mítica cantina.
 
Eran años de mística poética, de parricidios literarios, de rupturas y broncas generacionales; en los que melenudos y barbados liróforos incendiaban la pradera a punta de poemas y manifiestos; cuando las guitarras eléctricas y baterías de Los Beatles, Los Rolling Stones, Los Doors y demás fauna rockera atronaban nuestros oídos en las noches de paz, música y amor; el mundo era bipolar y pendían sobre la humanidad no sé cuántas bombas de hidrógeno; los vietnamitas hacían mierda a los yanquis; y el poeta José Cerna Bazán, tras cruzar bosques, ríos y cordilleras desde su natal Chachapoyas, habitaba entre nosotros, estudiaba Lingüística en San Marcos, leía el Anti-Düring y a Rimbaud, escuchaba a John, Paul, George & Ringo, Hendrix, Dylan…, al Picaflor de los Andes, a Flor Pucarina…, y escribía los hermosos poemas que fue dando a conocer en las publicaciones antes mencionadas, en revistas editadas por estudiantes sanmarquinos como Textos, Escritura, Aguardiente, o en la notable revista que dirigiera Isaac Rupay: Eros, entre otras; textos cuya calidad le valió ser considerado en las más importantes antologías poéticas sin haber publicado hasta entonces ningún libro.
 
A mediados de la década del setenta, el semiólogo Santiago López Maguiña me presentó a José Cerna a la entrada del Pabellón de Letras de la Ciudad Universitaria de San Marcos. Por entonces quien estaba a su lado ya no era la muchacha de blonda cabellera. Días van, días vienen, hasta que una mañana, el poeta de gruesos lentes de montura negra –esos no los había cambiado– nos propuso asistir a un festival folclórico en Ansieta, más allá del cementerio El Ángel, en el que participarían Flor Pucarina, Flor de Huancayo y otras flores de la canción vernacular… Ocasión que, por cierto, quienes teníamos –y ahora tenemos más aún– interés por la cultura andina, no podíamos dejar pasar. En dicho grupo nos encontrábamos, entre otros, el semiólogo ya mencionado, Enrique Sánchez Hernani, José Morales Saravia, Juan Luis Dammert y quien esto escribe. Esta experiencia –que se repitió en diversas oportunidades, como cuando asistimos a las presentaciones de Juan Bolívar, el Zorzal Jaujino, de Jaime Guardia, o cuando por nuestra cuenta acudimos al Coliseo Nacional de La Victoria, que lamentablemente ya no existe– tuvo repercusiones muy importantes en muchos de nosotros, a la hora de identificarnos con nuestro entorno sociocultural.
 
Los años fueron transcurriendo, y entonces el principio de realidad fue atrapando nuestras vidas. Se derrumbaron ciertos muros, algunos hablaron del fin de la historia, otros de las utopías arcaicas, muchos más cambiaron sus credos y se convirtieron a la fe del mercado, el mundo se volvió unipolar y las masacres contra los pueblos indefensos se tornaron cotidianas y ya no merecen la condena de las vacas sagradas de la intelectualidad. El poeta nuevamente emigró, y publicó un libro de poemas: Ruda.
 
Nota bene. A continuación se incluyen sendas reseñas sobre el poemario Ruda y el libro Sujeto a cambio… de JCB, publicadas en su oportunidad en la revista La Casa de Cartón.
 
Reseñas
 
JOSÉ CERNA. Ruda. Lima: Lluvia Editores, 2002.*
 
Libro singular éste, el primero –hasta donde sé– de José Cerna Bazán (Chachapoyas, 1949). La carátula es una cartulina color verde claro, formato 25 X 34, donde solo aparece la palabra ruda, en letras negras y en minúscula. Ninguna mención del autor ni otro indicio que nos diga que es un poemario, que recién lo sabremos cuando en las primeras líneas de la primera página del libro leamos: “vase encima del aire esa música metálica…”.
 
Todas estas características responden, creo yo, a un propósito del autor: el de hacer más relevante el poema. Más allá de las características gráficas de este libro, lo singular también está en el texto: el poema narra un viaje en un microbús repleto de pasajeros. Parodiando a los argonautas, la odisea de estos “micronautas” se inicia en el puente que une Acho con la avenida Abancay, y se enrumba hacia San Juan de Lurigancho, ascendiendo hasta los cerros grises, en las zonas altas de Lima: “… aquí voy ensartando dice / ya, ya, ya, cada quien / dice, y cada quien se rasca / su bolsillo / su miseria”.
 
El poema representa el microcosmos urbano, que a su vez es la representación de la realidad social que caracteriza a gran parte de la población del mundo entero.  
 
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* Castillo, Luis Alberto. Sección “Ex Libris”. La Casa de Cartón. Revista de Cultura. II Época, núm. 26. Lima, invierno-primavera del 2004.
 
 
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JOSÉ CERNA BAZÁN. Sujeto a cambio. De las relaciones del texto y la sociedad de la escritura de César Vallejo. Trujillo: Universidad Nacional de Trujillo/ABC Publicidad, 2004.*
 
Autor de Ruda (2002), su único poemario édito, y de un gran número de poemas dispersos en revistas y antologías, el poeta José Cerna Bazán (Chachapoyas, 1949) incursiona en el ensayo de largo aliento, a través de Sujeto a cambio. De las relaciones del texto y la sociedad de la escritura de César Vallejo.
 
La investigación de Cerna tiene como objeto de análisis la obra vallejiana correspondiente al ciclo que va de 1914 a 1923, que comprende sus primeras publicaciones: Los heraldos negros y Trilce, y los libros de relatos Fabla salvaje y Escalas melografiadas, trabajo en el que no privilegia el texto ni el contexto, sino que busca establecer –como lo indica el título– la relación entre el primero y el segundo.
 
Al definir el marco sociohistórico de la escritura vallejiana, Cerna, siguiendo a Calinescu, habla de dos modernidades: la burguesa, basada en el positivismo y expresada en el avance del capitalismo y el progreso tecnológico de la época; y, de otro lado, la modernidad estética, que se manifiesta como culturalmente crítica contra los valores de la primera, y que se concretará a través de las vanguardias artísticas; al aplicar estos conceptos a la realidad peruana la caracteriza como una modernidad marginal.
 
Páginas más adelante Cerna esboza el perfil sociocultural en el que se generan los textos vallejianos, y nos habla del surgimiento en el país de organizaciones políticas, intelectuales y artísticas; en las que destaca sobre todo la figura de Abraham Valdelomar.
 
Tras el necesario prolegómeno, Cerna aborda el análisis y la interpretación del texto, en donde nos habla del sujeto poético; del heraldo y del infante, así como de ámbitos a los que denomina como Belén y Bizancio, entre otros aspectos de este trabajo, que enriquece notablemente la hermenéutica de la obra vallejiana.
 
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* Castillo, Luis Alberto. Sección “Ex Libris”. La Casa de Cartón. Revista de Cultura. II Época, núm. 27. Lima, verano del 2005, p. 52.
 


lunes, 17 de marzo de 2014

Parra del Riego

 
Juan Parra del Riego*
Luis Alberto Castillo
En 1894 nace, en la ciudad de Huancayo, el poeta futurista peruano Juan Parra del Riego. Sus escasos datos biográficos destacan el año 1913, cuando ganó el concurso de poesía Juegos Florales de Barranco. Al poco tiempo zarpa rumbo al sur. Pasa por Chile, Argentina, y finalmente llega a Uruguay. El poeta peruano se enamora de la ciudad de Montevideo, que lo acoge con simpatía, y se queda.
Desde aquí cruzará el Atlántico y beberá en las fuentes de los movimientos artísticos de vanguardia: el cubismo literario, de Apollinaire, en Francia, y el futurismo, de Marinetti, en Italia; en plena efervescencia en Europa en la segunda década del siglo XX. Finalmente, el joven escritor Parra del Riego es ganado por la prédica grandilocuente del italiano.
Luego de su periplo europeo retorna a su querida Montevideo, donde vive, aunque por poco tiempo, al lado de su mujer, la poeta uruguaya Blanca Luz Brum, y publica dos libros de poesía: Himnos del cielo y los ferrocarriles y Blanca Luz. Presa de un mal ya incurable, muere el 21 de noviembre de 1925.
El futurismo que adopta Parra del Riego es el que celebra la técnica como medio para el avance de la humanidad. El poeta peruano canta a la máquina en tanto ésta contribuye a mejorar las condiciones humanas. Mas está lejos de las posiciones totalitarias en las que devino el líder del futurismo italiano, posterior adepto del fascismo.
Por el lado de nuestro poeta, su mirada se posa en la potencia americana del Norte. Su admiración por este país floreciente  se evidencia en –entre otros textos– el poema dedicado a Walt Whitman, donde encontramos, además de la mística positivista, la vitalidad y el ritmo contagiante del autor de Hojas de hierba, la celebración de la naturaleza, concebida no como el obstáculo a vencer sino como el otro elemento de la unidad.
A propósito, recordamos aquí lo que muy acertadamente señala el poeta Jaime Urco, autor del prólogo y la selección de la antología de nuestro autor celebrado, denominada Polirritmos y otros poemas (1987), editada por el INC en la serie Colección del Rescate que dirigiera el poeta Carlos Orellana. Dice Urco en el prólogo: “(…) Parra del Riego no era un apostador  cerrado a favor de la ciencia. Creía que la naturaleza era el lugar del perfecto equilibrio. Con él no sucedió lo que usualmente suele ocurrir: concebir la ciencia (la cultura) como el polo opuesto y perturbador del otro término de la relación: la naturaleza. En su poesía la oposición cultura/naturaleza no tiene cabida. Los dos son elementos de un eje en armónico equilibrio. Se fusionan. Los signos de un campo semántico (lo cultural) se trasladan hacia el otro campo semántico (lo natural)”.
Otra de las características relevantes de la poesía de Parra del Riego es la del abandono del yo como sujeto poético. Él no nos habla de sí, no nos cuenta sus cuitas ni sus decepciones; no se lamenta de su condición existencial. Las motivaciones de su arte poética no están en él sino fuera de él. Su poesía es el canto a la vida que vibra multitudinaria en los estadios. Ningún otro poeta ha cantado tan espléndidamente al deporte más popular de nuestro tiempo: el fútbol. Ahí están su “Loa del fútbol” y su “Polirritmo dinámico a Gradín, jugador de football”. Y así como cantó a la motocicleta, lo hizo a la suprema belleza femenina, en uno de los más hermosos poemas de amor: “Polirritmo de la mujer vegetal”.
Que nuestros hermanos uruguayos lo consideren como uno de sus poetas más importantes, y que la ciudad de Montevideo le haya dedicado una hermosa plaza a su memoria, dicen bien de su noble gratitud hacia nuestro vate. En cambio, en su país de origen su obra poética no ha tenido la difusión que merece su alto valor, representativo de una opción estética de la vanguardia mundial. Celebremos, pues, los cien años [ciento veinte, actualizados al 2014] de Parra del Riego haciendo conocer su poesía entre las jóvenes generaciones.
* Artículo publicado en El Peruano. Lima, 14 de octubre de 1994, p. 9.