jueves, 9 de mayo de 2024

¿Para qué poetas en tiempos aciagos...?

                                                                            


            



            Y, ¿para qué poetas en tiempos aciagos?

Pero son, dices tú, como los sacerdotes
sagrados del Dios del vino
que erraban de tierra en tierra
en la noche sagrada.
                                                                         

Holderlin

domingo, 28 de abril de 2024

Prosa y poesía

 

"La prosa es lo diurno, la poesía es la noche: se alimenta de monstruos y símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y los abismos. No hay gran novela, pues, que en última instancia no sea poesía".



Ernesto Sabato

domingo, 7 de abril de 2024

Vive el día...

 



Carpe diem



No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea este el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo.
No fíes del incierto mañana.


                            Horacio (65-8 a. C.)


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Imagen: Pintura en acuarela de José María Eguren.

jueves, 14 de marzo de 2024

Del pudor

                                                 





                                                         Sobre el pudor

 
ROXANA KREIMER
 
 
Si hiciéramos la experiencia de reunir a cuatro mujeres desnudas en una habitación –una árabe, una china, una occidental y una yanomami– y dejáramos entrar sorpresivamente a un hombre, la mujer árabe cubriría su rostro, la china acaso se taparía los pies, la occidental inclinaría los brazos para cubrirse los senos y el pubis y la yanomami seguiría haciendo sus cosas como si nada. El experimento no solo mostraría que el pudor no es un valor universal, sino que las comunidades que cultivan algún tipo de recato no siempre ocultan las mismas partes ante los ojos de la mayoría de sus habitantes.
 
La moda del topless y el nudismo en general, que aún con marchas y contramarchas se impone progresivamente en un número creciente de playas del mundo entero, lleva a formularse la pregunta: ¿Qué es el pudor? ¿Su existencia depende estrictamente de la invención de los ornamentos y del vestido?
 
Para el historiador de la moda Nicola Squicciarino, en Occidente el pudor aparece como el "angustioso" recuerdo de nuestra parte animal, instintiva y no racional. La concepción cristiana del cuerpo como una "cárcel del alma" es coronada en la afirmación de Hegel de que "el hombre que toma conciencia de su destino superior, es decir, de su esencia espiritual, oculta las partes de su cuerpo que sirven solamente para desempeñar las funciones animales".
 
Durkheim también define al pudor como la lucha contra la animalidad, pero con el matiz que supone la afirmación de que su origen también se vincula con los "peligrosos" efluvios sexuales femeninos.
 
El español aún conserva un testimonio de esta consideración el cuerpo como un ignominioso revestimiento del espíritu cuando designa con la palabra genérica vergüenzas a los genitales masculino y femenino, tal como atestigua el Arcipreste de Talavera en su libro El Corbacho: "Una mujer cortó las vergüenzas de su hombre porque supo que con otra se había echado. Un día tomó su vergüenza en la mano y se la cortó con una navaja", y Fernando García Pavón en El reinado de Witiza: "Las mujeres dieron de mamar a sus hijos y se lavaron las vergüenzas".
 
En diversas culturas –incluida la occidental– los celos masculinos habrían sido una de las razones poderosas para crear el vestido y, con él, el pudor, que se manifestaría principalmente a través de un abanico de tabúes. Mientras en algunas de estas comunidades los hombres circulan desnudos y las mujeres tienden a cubrirse, en otras es frecuente que las mujeres casadas vayan vestidas, y que las demás, aunque adultas, no usen ropa.
 
Como es de suponer, el desnudo no ejerce ninguna función erótica en los pueblos en los que no existe la vestimenta. La curiosidad, la fantasía y hasta la obsesión por el cuerpo desnudo fueron despertados justamente por el hábito de permanecer siempre vestidos y por el consiguiente impacto que se obtiene al desvestirse. Como una suerte de switch mediante el cual el interés sexual puede avivarse o aplacarse, el vestido aparece como un mecanismo regulador de las fronteras del erotismo y del pudor. La paradoja planteada en Occidente es que la propensión a cubrir el propio cuerpo no ha reducido el interés sexual sino que, por el contrario, lo ha refinado y potenciado. "Donde hay un tabú hay un deseo", recordaba Freud al llamar la atención sobre esta función ambivalente de las prendas de vestir.
 
Así es como los denodados esfuerzos realizados por los jesuitas para "educar" en el pudor a los pueblos indígenas, acostumbrándolos a cubrirse partiendo de las zonas genitales, produjeron exactamente el efecto opuesto, estimulando una gran curiosidad por el sexo contrario. La función erótica del vestido fue la razón por la que en algunos pueblos de África Occidental los varones se han negado a que las mujeres incrementaran su atractivo sexual utilizando cualquier tipo de ropa. No es muy diverso el efecto producido en las playas nudistas, donde al parecer la atracción sexual por los cuerpos completamente desnudos es considerablemente menor que en las playas en las que los bañistas están provistos de diminutos trajes de baño. El nudismo suele practicarse en compañía de los hijos y cualquier tipo de exhibicionismo grosero es rápidamente descalificado. La exposición a la que aspiran gran cantidad de nudistas es afable y delicada: en la isla de San Martin, por ejemplo, los turistas circulan desnudos por las boutiques, por el supermercado y por el restorán sin que ninguna patota de muchachos asome sus risitas para espiar a las chicas. Incluso en más de una de estas playas los guardias llaman la atención si un nudista circula con su miembro erecto o si, de cara al sol, decide abandonar por completo el temple pudoroso y copular delante de todos.
 
Las nuevas formas del pudor. Para el antropólogo Desmond Morris, la cola sería el "último grito" de las prácticas del pudor: a su modo de ver, no obstante, la voluntad que tienen gran cantidad de mujeres de exhibir el trasero mientras caminan se remontaría al antiquísimo hábito de la mayor parte de las especies animales, en las que la sumisión de la hembra se revela en su costumbre de ofrecer su trasero al macho.
 
¿Cómo es que la mujer parece más pudorosa y al mismo tiempo más exhibicionista que el hombre? Algunos psicólogos sostienen que la tendencia femenina a mostrar el cuerpo deriva de la fisiología misma de la mujer, cuyas zonas erógenas están más extendidas por toda la superficie corporal que en el caso del hombre. El exhibicionismo aparecería así como una suerte de Mr. Hide del Dr. Jeckill del pudor: mientras el primero tendería a mostrar el cuerpo y a tornarlo más atractivo, el segundo perseguiría el mismo propósito ocultándolo total o parcialmente.
 
Las ceremonias del pudor no refieren con exclusividad al cuerpo y son sumamente complejas en culturas en las que este valor reviste una importancia capital. En el Japón, uno de los juegos de seducción de la geisha consiste en servir una simple taza de té haciéndole creer al hombre que tiene delante que le permite ver una parte de su cuerpo a la que ningún otro tiene acceso. La geisha debe subirse la manga del kimono dando la impresión de que el gesto es inconsciente, de que está concentrada en el té. Occidente parece haber ignorado sutilezas semejantes, aunque no ha sido indiferente a este doble juego en el que mostrar y ocultar son las dos caras de Jano de una idéntica dinámica del recato. La pregunta del millón sería: ahora que todo va camino a ser develado, ahora que las tangas –y con ellas el pudor– han llegado a su mínima expresión, ahora que no queda casi nada por destapar, ¿cuáles son los nuevos acicates del deseo que nos tiene reservados el siglo XXI? (Internet)

martes, 27 de febrero de 2024

Juan Carlos Lázaro

 


 

Juan Carlos Lázaro

(Lima, 1952-2023)

 

 

Juan Carlos Lázaro.

Gris amanece la urbe del hambre.

Lima: Lluvia Editores, 1987*.

 

Por Luis Alberto Castillo

 

La obra poética de Juan Carlos Lázaro (Lima, 1952) se inició en 1972, con la publicación de sus primeros textos en una revista de poesía. Posteriormente, en 1978, publicó, junto con Héctor Rosas Padilla, una plaquette titulada Las palabras, que reúne sus poemas ya publicados y otros inéditos.

La persistencia de su trabajo con la palabra ha permitido a Juan Carlos Lázaro un mayor dominio en el nivel formal, expresión también de una percepción más aguda y crítica de la realidad. La ciudad, tema frecuente en la poesía peruana de los últimos años, está también presente en Gris amanece la urbe del hambre, poemario publicado recientemente. En uno de sus poemas más logrados del conjunto nos dice: “Salí a deambular por la ciudad. / Luna llena y domingo. / este soy yo, dije, amante ciego / y loco como Edipo. / Basura. Suicidas. Perros vagos. / Yo y los fantasmas. / La ciudad era un ala de sombra. / Acaso un templo maya. / Besé a la luna. Y ofrecí / mi corazón al sacrificio” (Salí a deambular).

Sin embargo, la condición del habitante de la urbe es la del desarraigo, o la del enajenado por las condiciones de su existencia. Esta situación nos la sugiere en varios de los poemas del libro, pero con más evidencia en el que titula “Historia de un gusano”, de donde extraemos un fragmento: “El pobre diablo se convirtió en pariente de plantas y de hormigas, una bacteria más de la caca y la carroña. Cuando abrió los ojos, no me sonrió. Secó sus lágrimas con la yerba, preguntó a un policía por un ómnibus cualquiera, y se fue. Franz insecto grandazo, feo, sucio no soportaba aún el verano y el humo de las ciudades”.

 

Otro rasgo característico en la poesía de J. C. Lázaro es la ironía. El universo personal del individuo se halla siempre en conflicto con el universo social; para el poeta, entonces, la única salida es la ironía, un recurso que no evade la realidad sino que la supera: “Me expulsaron del Partido / por no asistir a las asambleas / Programadas a la misma hora / En que te espero todas las noches / Frente a la Plaza. // También prohibieron / A los camaradas reunirse conmigo. / Porque cuando expongo sobre / las tareas del proletariado / Siempre te estoy nombrando. // Por último me negaron / Legitimidad revolucionaria / Porque al analizar mis informes / Hallaron que en sus claves / solo tú estabas” (El profeta desterrado).

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Nota: Reseña aparecida en la sección Vitrina de Papel de La Palabra, suplemento dominical del diario Actualidad. Lima, 28 de febrero de 1988, p. X.

 

 

 

 





 

Juan Carlos Lázaro

La casa y la hojarasca

Lima: Taller Editorial ECO, 2001.*


 

La condición humana, la vida gris de las multitudes urbanas, la necesidad de adoptar nuevas creencias, de crear nuevos mitos redentores o absolutos existenciales, son las constantes que habitan este segundo poemario de Juan Carlos Lázaro; el primero, Gris amanece la urbe del hambre, apareció en 1987.

 

Lázaro muestra, una vez más, el talento de su verbo: radical, irónico y tierno hasta donde se lo permite la certidumbre de la belleza, único territorio libre para la poesía y para la vida: “No quiero tu savia ni tus raíces, Poesía / no quiero las hojas umbrías que te recubren, / no quiero el lirio ni la herrumbre, / ni la sombra ni la luz de tu casa vacía”. (Luis Alberto Castillo)

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Nota: Reseña aparecida en la sección Ex Libris de la revista La Casa de Cartón de Oxy. Lima, primavera del 2001, n° 24, p. 56.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 31 de enero de 2024

De críticos y autores

 


De los autores


«Al principio los críticos clasificaban a los autores en Antiguos, es decir Griegos y Latinos, y Modernos, es decir post-Clásicos. Luego los clasificaron por eras, en Augustianos, Victorianos, etc.; y ahora los clasifican por décadas: escritores de los 30s, los 40s, etc. Todo indica que pronto serán rotulados por años, como los automóviles».

W. H. Auden

La mano del teñidor

miércoles, 17 de enero de 2024

Hablando de poetas

                                     Hablando de poetas*


Luis Alberto Castillo


“Es de los demonios que a los poetas no les alcance el dinero para comprar los libros que escriben otros poetas” decía Carl Sandburg en una carta a Ezra Pound. Más allá de lo irónico –y paradójico– de esta frase del poeta norteamericano, lo cierto es también que la poesía no se vende, a lo más se intercambia. Los poetas son, tal vez, los únicos artistas que no viven de su arte (Neruda fue la excepción, pero una golondrina no hace el verano, ni aunque sea de Bécquer).

Los poetas, además, se hacen solos, “verso a verso”, como quería Machado. Y si necesitan leer libros de poetas como Tu Fu, Basho, Catulo, Rimbaud, por mencionar algunos de los más representativos de sus respectivas culturas, así como forjarse una formación humanística que les permita aprehender la realidad inmediata y su propio contexto sociocultural, entonces sus necesidades adquieren connotaciones dramáticas.

Y es que el poeta en el mundo burgués se ha convertido en el paria de la sociedad. Walter Muschg, en su ya clásica Historia trágica de la literatura, sostiene que: “El espíritu burgués es antitrágico, bajo su reinado no sólo se atrofian las especies excelsas de la poesía, sino también las formas excelsas de la vida del poeta. La poesía trágica –sigue diciendo Muschg– pasa a ser la tragedia del poeta, esa forma deprimente que lo trágico adopta en la atmósfera de la ciudad…”.

Nos hemos de referir aquí a algunos casos que, por lo significativo de sus nombres, serán sumamente ilustrativos. Recordemos al Dante desterrado, vagando de ciudad en ciudad, de corte en corte, en algunas de ellas acogido sólo entre juglares y bufones. Claro que, al final, sus enemigos quedarán por siempre en el Infierno. Recordemos, asimismo, a don Miguel de Cervantes Saavedra, “más versado en desdichas que en versos”; y más próximos a nuestra época, como el poeta simbolista más importante, Stéphane Mallarmé, quien procuraba su sustento enseñando inglés en un liceo provinciano; Guillermo Apollinaire, autor de Caligramas y Alcoholes, que revolucionó la poesía de nuestro siglo, sobrevivía escribiendo novelas pornográficas. D. H. Lawrence, Joyce, Kafka, poetas en el sentido de creadores de belleza, arrebataron a la miseria lo mejor de su creación.

Nuestro país tiene, asimismo, deuda muy grande para con sus poetas. El ejemplo más conmovedor es el de César Vallejo. Ah, si en vez de estatuas y homenajes post mortem, le hubieran concedido siquiera una beca, su hambre quizás hubiera sido menos real.

Juan Gonzalo Rose, poeta, compositor y dramaturgo, fue despedido de su modesto empleo en la editorial del INC, en enero de 1979. Su poesía y su memoria permanecen, quienes cometieron tal injusticia han quedado en el más profundo olvido.

Desde luego, no son éstos todos los casos. La lista es muy larga. Pero también poetas, y de los muy buenos, hay en la otra margen. La miseria o el sufrimiento no son, claro que no, requisitos para la buena poesía. Lo que pretendo es hacer consciente –a quienes les pueda interesar– que los poetas –productores de belleza– merecen mejor suerte en vida. Que sus ingresos les permitan no sólo comprar los libros de los otros poetas, sino acceder a mejores niveles de vida; es decir, el ocio creativo, necesario para toda empresa poética.

Porque, “¿Qué es el poeta? / Un hombre / que trabaja el poema / con el sudor de su rostro. / Un hombre / que tiene hambre / como cualquier otro / hombre” (Cassiano Ricardo).

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* Artículo publicado en el diario El Peruano. Lima, 3 de junio de 1994, p. 9.