miércoles, 4 de mayo de 2022
domingo, 1 de mayo de 2022
Centenario de Jack Kerouac
Jack Kerouac
INTRODUCCIÓN
DEL AUTOR
NOMBRE:
Jack Kerouac.
NACIONALIDAD: franco-americano.
LUGAR
DE NACIMIENTO: Lowell, 12 de marzo de 1922.
EDUCACIÓN
(escuelas a que concurrió, cursos especiales de estudios, títulos y años): Lowell
(Mass) Escuela Superior; Escuela Masculina Horace Mann; Colegio de Columbia
(1940-42); Nueva Escuela de Investigación Social (1948-49). Artes Liberales
(sin títulos) (1936- 1949). Obtuvo un sobresaliente en inglés con Mark Van
Doren de Columbia (curso shakesperiano). Suspendido en química en Columbia.
Tuvo un promedio de 92 en la Escuela Horace Mann (1939-40). Fue jugador de
fútbol, corredor de carreras a pie, jugador de baseball y de ajedrez.
CASADO:
¡No!
HIJOS:
No.
RESUMEN
DE OCUPACIONES Y TRABAJOS PRINCIPALES: Todos. Enumeremos: pinche de cocina en
barcos; ayudante de estación de servicio; marinero; cronista deportivo (Lowell
Sun); guardafrenos de ferrocarril; guionista de la 20 th Century Fox de
Nueva York; dependiente en un bar; empleado en los talleres del ferrocarril;
empleado en los equipajes; recolectador de algodón; peón de mudanzas; aprendiz
metalúrgico del Pentágono en 1942; guardabosque en 1956; albañil (1941).
INTERESES:
HOBBIES:
Inventé mi juego de baseball propio, con naipes, extremadamente
complicado, y estoy dedicado a jugar una temporada de 154 partidos con ocho
clubs, con todos los requisitos y todos los promedios de tantos, E.R.A.,
etcétera.
DEPORTES:
He jugado todos, excepto tenis, lacrosse y remo.
ESPECIALIDAD:
Las mujeres.
POR
FAVOR, HAGA UN BREVE RESUMEN DE SU VIDA:
Tuve
una hermosa niñez; mi padre era un impresor de LoweIl, Mass.; vagué por los
campos y riberas de los ríos noche y día; escribí novelitas en mi cuarto, la
primera a los once años; también un extenso diario, y tuve un periódico donde
hablaba de mis imaginarios mundos de las carreras, el baseball y el
fútbol (como figura en la novela El doctor Sax). Tuve una buena
educación primaria gracias a los jesuitas de la Escuela Parroquial de San José,
de Lowell, que más tarde me permitió pasar al sexto grado en la escuela
pública; de niño fui a Montreal, Quebec, con mi familia; el alcalde de Lawrence
(Mass.), Billy White, me dio un caballo a los 11 años, y en él montaron todos
los muchachos de la vecindad; el caballo se escapó. Di grandes paseos bajo los
viejos árboles de Nueva Inglaterra, por la noche, en compañía de mi madre y mi
tía. Escuché con atención sus chismes. Decidí ser escritor a los 17 años bajo
la influencia de Sebastián Sampas, joven poeta local que luego murió en la
playa de Anzio; a los 18 años leí la vida de Jack London y decidí ser también
un aventurero, un viajero solitario; mis primeras influencias literarias fueron
Saroyan y Hemingway; más tarde Wolfe (cuando me rompí una pierna jugando al
fútbol con los estudiantes de primero, de Columbia, leí a Tom Wolfe y vagué con
muletas por su Nueva York). Influido por mi hermano mayor, Gerard Kerouac, que
murió a los 9 años en 1926, cuando yo tenía 4, quise ser un gran pintor y
dibujante (él lo fue, y también un santo, como dijeron las monjas) (como figura
en la próxima novela Visions of Gerard) Mi padre era un hombre
completamente honrado, lleno de alegría: en los últimos años se amargó durante
la época de Roosevelt y murió de cáncer del bazo. Mi madre vive aún; yo vivo
con ella una especie de vida monástica que me ha permitido escribir tanto. Pero
también escribí en los caminos, como vagabundo, ferroviario, exiliado mejicano
y viajero por Europa (corno se demuestra en la presente obra). Mi hermana,
Camufle, está casada con Paul E. Blake, de Henderson, N. C., técnico
antiproyectiles del gobierno; tiene un hijo, Paul, mi sobrino, que me llama tío
Jack y me quiere. Mi madre se llama Gabrielle; aprendí de ella la forma natural
de contar historias, por sus largos relatos acerca de Montreal y New Hampshire.
Mi familia es oriunda de Bretaña, y a mi primer antepasado norteamericano, el
Darán Alexandre Louis Lebris de Kerouac de Cornwall, Bretaña (1750,
aproximadamente), le hicieron una concesión de tierras a lo largo de la Riviere
du Loup, después de la victoria de Volfc sobre Montcalm; sus descendientes se casaron
con indias (mohawks y caughnawagas), convirtiéndose en cosecheros de patatas;
el primer descendiente de los Estados Unidos fue mi abuelo Jean-Baptiste
Kerouac, carpintero, de Nashua. El padre de mi madre era un Bernier emparentado
con el exploraclor; por mi línea eterna todos son bretones; mi madre tiene un
nombre normando, L’Evesque.
Mi
primera novela formal fue The Town and the City, escrita, por una
tradición de trabajo y revisión, en tres años, de 1946 a 1948, y publicada por Harcourt
Brace en 1950. Entonces descubrí la prosa “espontánea” y escribí The
Subterraneans (El ángel subterráneo) en tres noches, y On the
Road (En el camino) en tres semanas.
Leí
y estudié solo toda mi vida. Establecí un récord en el Colegio de Columbia, por
no asistir a las clases, a fin de permanecer en el dormitorio escribiendo una
pieza teatral diaria y leyendo a Louis Ferdinand Celine, en lugar de a los
“clásicos” del curso.
Tengo
independencia de criterio. Se me conoce como “loco, vagabundo y ángel” de
“prosa desnuda”. También soy poeta, Mexico City Blues (Grove, 1959).
Siempre he considerado que escribir era mi deber en la tierra. También el
predicar la bondad universal, que los críticos histéricos no han sabido
advertir bajo la frenética actividad de mis novelas realistas acerca de los
“rebeldes” de post-guerra. Yo no me considero un “rebelde”, sino un místico
católico, extraño, solitario y loco...
Planes
finales: retiro en los bosques, escribiendo con tranquilidad en la vejez,
maduras esperanzas del Paraíso (que de todas maneras nos llega)...
Mi
queja favorita es el mundo contemporáneo; la comicidad de la gente
“respetable”... que, por no tomar nada en serio, están destruyendo los viejos
sentimientos humanos, más viejos que Time Magazine . . . Dave Garroway
riéndose de las palomas blancas...
POR
FAVOR HAGA UNA BREVE DESCRIPCIÓN DEL LIBRO, DE SU ALCANCE Y SU FIN TAL COMO
USTED LOS VE.
El
viajero solitario es una colección de escritos publicados e
inéditos, todos los cuales tienen un tema común: los viajes.
Los
viajes comprenden los Estados Unidos de la costa sur a la costa este, de la
costa oeste al lejano noroeste, y además México, Marruecos, África, París,
Londres, los océanos Atlántico y Pacífico, en diversos barcos, y las gentes y
ciudades interesantes que he conocido.
El
trabajo del ferrocarril, el de marino, el misticismo, el trabajo de la montaña,
la lascivia, el egocentrismo, la autocomplacencia, las corridas de toros, las
drogas, las iglesias, los museos, las calles de las ciudades, el conjunto de
una vida vivida por un libertino sin dinero, independiente y educado, que va a
cualquier parte.
Su
fin y su propósito es sencillamente poesía, o descripción natural.
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Tomado
de: El viajero solitario. Buenos Aires: Editorial Losada, 1965, pp. 7-10.
martes, 19 de abril de 2022
Edith Södergran
Edith Södergran: Sombra del porvenir
Nota y versiones de Javier Sologuren
Descendiente
de una familia sueca de Österbotten (Finlandia), Edith Södergran, la poeta más
original del lirismo finlandés en lengua sueca, nació en San Petersburgo en
1892, hoy Leningrado, y murió en Raivola, un pequeño pueblo de la Carelia
finesa, el 23 de junio, la víspera de San Juan, de 1923. Llegó a contar, pues,
tan sólo treintaiún años; la mitad de este lapso la vivió atenaceada por la
enfermedad. Pocos acontecimientos se destacan en su dolorosa y monótona
existencia: un viaje a Suiza, en compañía de su madre, para internarse en un
sanatorio, otros que le permitieron conocer algunos países, un corto tiempo de
estudios en un liceo de Helsinki. Pese a la precariedad de sus recursos
materiales, el último decenio de su vida transcurrió tranquilamente en Raivola.
Su
vida, su verdadera vida, se decidió en el ámbito profundo de su sensibilidad y
en la triunfal perspectiva de sus sueños y anhelos. De esas fuentes procedieron
sus poemas, publicados en cinco breves libros (Poemas, 1916; La lira
de septiembre, 1918; El altar de rosas, 1919; Sombra del porvenir,
1920; El país que no es, aparecido póstumamente en 1925) y recogidos en
un solo volumen en 1940, en Helsinki, bajo el título de Poemas de Edith
Södergran. Las Cartas de Edith (Estocolmo, 1955) constituyen la
colección completa de las que la poeta dirigió, entre 1919 y 1923, a su entrañable
amiga y confidente Hagar Olsson, escritora y crítica notable, sensible a las
nuevas formas expresivas y perspicaz comentarista de la obra poética y
epistolar de Edith Södergran.
Ya
en sus iniciales Poemas se advierten las constantes de su creación:
raigal, pánico sentimiento de la vida; exaltada comunión con la naturaleza;
honda preocupación por los misterios de la existencia y la muerte; certidumbre
del poder inagotable del amor y la belleza; verbo inspirado, novedoso y libre.
Son estas últimas notas las que sitúan cimeramente su obra desde el plano
significante y las que le aseguraron influyente rol en la poesía joven de
Finlandia. En una nota preliminar a su colección manuscrita La lira de
septiembre, había escrito:
“Nadie puede negar que lo que escribo es
poesía, pero no quiero sostener que es verso. He tratado de llevar ciertos
obstinados poemas a un ritmo y así he descubierto que únicamente bajo completa
libertad, es decir, a expensas del ritmo, tengo el poder de la palabra y de la
imagen. Mis poemas deben verse como descuidados bocetos. En cuanto al
contenido, dejo a mi instinto construir lo que mi intelecto contempla en
tranquila expectativa. Mi confianza en mí misma se basa en que he descubierto
mis dimensiones. No me conviene menospreciarme.”
Con
estas sencillas y claras palabras, Edith Södergran llegaba a la médula misma de
la mejor concepción del poema contemporáneo aventurado en la libertad,
corriendo siempre el riesgo del fracaso en su busca de certezas, de las
verídicas facciones del rostro inaprensible de la realidad. Aquilató el valor
de la palabra y la imagen haciéndose, al margen de las restricciones
normalizadoras, espíritu y mensaje. Entre sus lecturas juveniles se hallaba
Nietzsche; supo así, por éste y por su propia y penosa experiencia, que la
sangre es espíritu cuando se escribe con ella. Su instinto, es decir, su pobre
sangre fatigada, pero combatiente tenaz y lúcida, le hizo accesible la palabra
poética, lejos, bien lejos de la tinta.
Edith
Södergran ha sentido y vivido, uno a uno, los pasos de su muerte, la injuria
cruel de la enfermedad que la fue minando. Su relación más estable y duradera
ha sido, no nos es difícil imaginarlo, con su propio cuerpo yacente, su
escenario, el paisaje inmediato a sus ojos, donde éstos vieron el desmedro.
Así, en el curso de este desvelo, el cuerpo se le ofrecía en su misterio, en su
ardiente fragilidad:
El día
entero estoy acostada en espera de la noche,
la noche
entera estoy acostada en espera del día,
estoy acostada en mi lecho de enferma en el
jardín del paraíso.
Sé que no sanaré, nostalgia y languidez no sanan
jamás.
Tengo
fiebre como una planta de los pantanos,
rezumo sudor dulce como una hoja húmeda
["Días
enfermos"]
Al
compás de las fluctuaciones de su estado morboso, su poesía oscila
pendularmente entre el desaliento y la esperanza, pero también alcanza
resignada serenidad. Hagar Olsson destaca el increíble coraje, moral y físico,
demostrado por Edith Södergran al enfrentarse a la vida, la enfermedad y la
muerte.
En
La lira de septiembre y sus siguientes libros va a encenderse el canto
de la vida liberada, vencedora del sufrimiento y de la muerte. En esos poemas
flamea el poder profético y visionario de Edith Södergran. Ella, que se ha
purificado en el dolor, a su vez “sueña con liberar al mundo y purificarlo”.
Percibe la magnitud de los cambios profundos que la guerra del 14 iba a
producir, la dimensión ecuménica del conflicto, a diferencia de la impresión
que se tenía en Escandinavia en el sentido de que éste era pasajero y, una vez
cesado, las cosas volverían a su antiguo y habitual orden. Así en el poema “La
tormenta”:
Ahora la
tierra vuelve a cubrirse de negro. Es la tormenta
que se levanta desde los abismos nocturnos…
El
paisaje de Raivola, bosque de alerces y lago, se halla presente, como lo han
señalado Gunnar Ekelöf, uno de los más grandes poetas suecos, y Hagar Olsson,
en los poemas de Edith Södergran. Árboles, pájaros ribereños, última flor de
otoño, todo enjambra en ellos con melancólico gozo. En los elementos naturales
encuentran no sólo sus símbolos y emblemas, sino los incentivos para poder
seguir viviendo. Cuántas veces, en sus momentos de convalecencia, en sus
parciales recuperaciones, habrán sido los hallazgos bienhechores, para sus ojos
deslumbrados: el sol vuelto a sentir en sus espaldas, la luz nuevamente
encendida en las flores, el agua otra vez cantando. Edith los contemplaría como
desde la otra orilla, sabiéndose más que nadie viadora de la muerte.
De todo
nuestro mundo soleado
no deseo
sino un banco de jardín
donde un gato tome sol…
Allí estaré
sentada
con una
carta contra mi pecho,
una sola carta pequeña.
He aquí cómo es mi sueño.
Añoranza,
anhelo, nostalgia, por sobre la integridad de sus poemas, reverberando en ellos
su pozo de impregnante pena. Pero contra todo abandono, contra todo desmayo,
Edith Södergran opuso la indoblegable fuerza de su voluntad puesta al servicio
de su perfección moral y de su mensaje poético. Verso a verso, imagen tras
imagen, se fue creando a sí misma con un poderoso e interno dinamismo
compensatorio de su inevitable daño corporal. Del trato con su poesía nos queda
algo así como la imagen de esa viva llama que brota de la materia en trance de
aniquilamiento. Lumbre que fue algo más que hermosos resplandores. Revelación
de su verdad humana y personal: “Mis poemas son para mí el camino hacia mí
misma”.
Edith
Södergran fue el impulso más decisivo en la avanzada del modernismo en el
período posterior a 1914, tal como se le ha reconocido con plena justicia. Y esto
se debió, creemos, a algo que suele olvidarse a menudo y que Hagar Olsson (una
vez más necesariamente citada) lo ha señalado en forma lapidaria: “Ella tenía
la inspiración fuerte y básica, más segura que el gusto más exigente y la mente
más crítica.”
La vida
Yo, mi
propia prisionera, he aquí lo que digo:
la vida
no es la primavera vestida de terciopelo verde claro,
ni una
caricia, raramente recibida,
la vida
no es una decisión de partir,
ni dos
brazos blancos que nos retienen.
La vida
es el círculo estrecho que nos tiene prisioneros,
el
círculo invisible que no franquearemos jamás,
la vida
es la felicidad próxima que nos huye
y mil
pasos que no nos decidimos a dar.
La vida
es despreciarse a sí mismo
y estar
inmóvil en el fondo de un pozo
y saber
que el sol brilla allá arriba
y que
pájaros de oro atraviesan el cielo
y que
los días vuelan rápidos como flechas.
La vida
es hacer un breve gesto de adiós, volver a casa y dormir…
La vida
es ser un extraño para uno mismo
y una
nueva máscara para todos los que vienen.
La vida
es maltratar su propia felicidad
y
rechazar el instante único,
la vida
es creerse débil y no atreverse.
El dolor
La
felicidad no tiene canciones, la felicidad no tiene pensamientos,
la
felicidad no tiene nada.
Vuelca
tu felicidad para que se quiebre, pues la felicidad es mala.
La
felicidad llega muy suavemente como el zumbido de la mañana
en la
espesura dormida.
La
felicidad huye en nubes ligeras sobre las profundidades azul sombrío,
la
felicidad es el campo que duerme bajo el ardor del mediodía
o el
infinito del mar bajo la quemadura de rayos verticales,
la
felicidad es importante, duerme y respira y no sabe de nada.
¿Conoces
el dolor? Es fuerte y grande, puños secretamente apretados.
¿Conoces
el dolor? Sonríe de esperanza, los ojos enrojecidos por las lágrimas.
El dolor
nos da todo aquello que necesitamos,
nos da
las llaves del imperio de la muerte,
nos
empuja por la puerta cuando dudamos todavía.
El dolor
bautiza a los niños y vela con la madre
y forja
todos los dorados anillos de boda.
El dolor
reina sobre todos, alisa la frente del pensador,
pone la
joya en el cuello de la mujer deseada,
está en
la puerta cuando el hombre sale de casa de su amada…
¿Qué más
da el dolor a los que ama?
No sé
más.
Da
flores y perlas, da canciones y sueños,
nos da
mil besos que están vacíos,
da el
único beso que es verdadero.
Nos da
nuestras almas extrañas y nuestros gustos singulares,
nos da
los premios mayores de la vida:
el amor,
la soledad y el rostro de la muerte.
¿Qué hay
mañana?
¿Qué hay
mañana? Tal vez tú no.
Tal vez
otros brazos y un nuevo contacto y un dolor semejante…
Te
dejaré con una certeza sin igual:
Volveré
como una parte de tu propio dolor.
Vendré a
ti de otro cielo con una nueva decisión.
Vendré a
ti de otra estrella con la mirada igual.
Vendré a
ti con mi antiguo anhelo en otros rasgos.
Vendré a
ti extraña, mala y fiel
con los
pasos de un felino de la patria desértica de tu corazón.
Me combatirás
dura e impotentemente
tal como
se combate su destino, su felicidad, su estrella.
Sonreiré
y arrollaré hilos de seda en uno de mis deseos
y
esconderé el pequeño ovillo de tu destino
en los
pliegues de mi traje.
El
secreto de eros
Vivo
rojo. Vivo mi sangre.
No he
renegado de Eros.
Mis
rojos labios arden en tus helados
altares
de sacrificio.
Te
conozco, Eros,
no eres
ni hombre ni mujer.
Eres la
fuerza
que,
agazapada en el templo,
al
levantarse -más indómita que una algarabía-
lanza
sobre el mundo
las
certeras palabras del mensaje
desde la
puerta del templo omnipotente.
El
cuerpo del fuerte
Yo sé,
yo sé que venceré.
Me
llamen como quieran, sea quien fuera que me espere,
soy la
estrella del futuro.
Me he
despertado en un trono antiquísimo;
por
debajo de mí, manos maravillosas tienden anchos velos de seda.
El
misterio circula por mis venas.
El
misterio, te reconozco, yo el antimístico,
el
enemigo del fantasma.
Los
misterios no tienen límites precisos,
los
misterios no tienen nombre manifiesto,
el
misterio surge en el cuerpo del fuerte
al ir a
la acción ciego de embriaguez.
Pensamientos
sobre la naturaleza
Vida y
muerte vemos con los ojos, sol y luna son.
Así se
extienden a través del universo los soles vivificantes, las lunas
mortales,
las tierras sometiéndose a vida y muerte.
En torno
de todo lo que yace enfermo, la luna va hilando su red hasta que, una
hermosa
noche, el plenilunio viene a recogerlo.
Moribundas
criaturas de la naturaleza aman a la muerte, añoran el momento en
que la
luna habrá de recogerlos.
A la
naturaleza le es familiar la muerte, cada noche la vive. Se somete al
embrujo
tanto del sol como de la luna.
La
muerte es un dulce veneno -putrefacción, pero no hay nada malsano en la
muerte.
La naturaleza es la salud misma y percibe la muerte tan saludable como
la vida.
En la
putrefacción está la suprema belleza y el demonio es la máxima bondad de
Dios.
Admirable es la veloz obra de destrucción en el otoño.
La
naturaleza está bajo la protección de Dios. El demonio no tiene poder sobre
la
naturaleza. La naturaleza es la predilecta de Dios.
Si no
nos convertimos en criaturas de la naturaleza, no iremos al cielo, pues
los
secretos religiosos son secretos de la naturaleza. No se sentían a gusto en
los
templos judíos, pero si con la ignorante criatura de la naturaleza quien
simpatiza
con los lirios de Sharon.
El
camino de la naturaleza hacia Dios es el directo, eterno y objetivo, sin
casualidad
exterior.
El
corazón humano que busca a Dios tiene que luchar contra la subjetividad, pues
el
corazón empieza más allá de la subjetividad. Pero está protegido el camino de
la
naturaleza.
Los
árboles de mi infancia
Los
árboles de mi infancia se yerguen altos en la yerba
y
sacuden sus cabezas. ¿Qué has hecho de tu vida?
Las
filas de pilares son como reproches; ¡Indigno, pasas bajo nosotras!
Eres una
niña y debes perder todo,
¿por qué
a la enfermedad estás encadenada?
Te has
hecho mujer, extraña, odiosa.
Cuando
eras pequeña tenías con nosotros largas conversaciones,
tu
mirada estaba llena de sabiduría.
Quisiéramos
decirte el secreto de tu vida:
la llave
de todos los secretos está oculta en la yerba bajo los frambuesos.
Quisiéramos
golpearte la frente, a ti que duermes,
quisiéramos
despertarte, muerta, de tu sueño.
Retorno
Los
árboles de mi infancia, exultando de júbilo, me rodean ¡oh ser humano!
y la
yerba me da la bienvenida del país extranjero.
Apoyo la
cabeza en la yerba: al fin, ya de vuelta.
Ahora le
doy la espalda a todo lo que está detrás de mí:
mis
únicos compañeros serán el bosque, la playa y el lago.
Ahora
bebo sabiduría de la jugosa copa del abeto,
ahora
bebo verdad del tronco reseco del abedul,
ahora
bebo poder de la yerba más pequeña y más tierna:
un
poderoso protector me tiende, piadoso, la mano.
Mañana
de noviembre
Cayeron
los primeros copos.
Íbamos
conmovidos por donde las olas
escribieron
sus runas en la arena
del
lecho del río. Y me dijo la ribera:
Mira,
caminaste aquí de niña
y yo soy
siempre la misma.
Y el
aliso cabe el agua es siempre el mismo.
Di, ¿por
dónde anduviste en extraños países
y
aprendiste las maneras?
¿Y qué
ganaste? Absolutamente nada.
Sobre
este suelo avanzarán tus pies,
he aquí
tu círculo mágico, desde las candelillas
de los
alisos
te
llegan la certeza y la respuesta
a los
enigmas.
Y
alabarás a Dios que te permite
hallarte
en su templo
entre
árboles y piedras.
Y
alabarás a Dios que hizo que cayera
la venda
de tus ojos.
Ínfima
puedes estimar
toda
sabiduría vana,
porque
el pino y el brezo son ahora tus maestros.
Trae
aquí a los falsos profetas, los libros engañosos,
encenderemos
en el pequeño valle cabe el agua
llameante, alegre, una
fogata.
Fuente: http://hablardepoesia-numeros.com.ar/numero-9/edith-sodergran-sombra-del-porvenir/.
jueves, 14 de abril de 2022
Ezra Pound
EZRA POUND
lunes, 28 de marzo de 2022
El rito de cocinar
Cocinar
es un rito que humaniza
A
pesar de la cultura gastronómica circundante y del valor que
tuvo
el pasar de lo crudo a lo cocido, se cocina cada vez menos en el hogar.
La
televisión muestra más shows culinarios que nunca, la alta cocina se sofistica
y los chefs son estrellas mediáticas, todos con su libro bajo el brazo. Sin
embargo en los últimos años la cocina de cada día se simplificó: se come rápido
y se cocina menos. “Comemos como vivimos. Pobres y ricos, todos comemos mal.
Hoy, las condiciones de vida conspiran contra el consumo de lo fresco”, señala
la antropóloga alimentaria Patricia Aguirre en el Aula Magna de la Facultad de
Medicina de la UBA donde presenta el libro Cocinar y comer en Argentina hoy,
del que es coautora junto a Diego Díaz Córdova y Gabriela Polischer. La
escuchan alumnos de nutrición, de medicina; estudiantes interesados en la
alimentación. Gente preocupada por la alimentación.
El libro es una investigación exhaustiva
sobre el comer cotidiano en la actualidad y en la Argentina en particular: a
qué se llama comida, cuáles son las formas de preparación, cómo es la
comensalidad. Para realizarlo se trabajó con una selección de mujeres y hombres
de diferentes sectores de ingresos que cocinan en los hogares en distintas
regiones del país.
Uno de los principales cambios que los
autores observaron a partir de las entrevistas es el empobrecimiento de las
preparaciones cotidianas, en las que domina el calentar sobre el cocinar. “Este
empobrecimiento deriva de las relaciones sociales que restan importancia al
evento alimentario, haciendo que el tiempo dedicado a la cocina sea socialmente
percibido como menos importante que el dedicado, por ejemplo, a ver
televisión”, destacan los autores entre las conclusiones principales.
Atravesamos una época dominada por el picoteo, los desarreglos alimentarios, la
obesidad y enfermedades ligadas a la nutrición, y es la misma época del
discurso salubrista en los medios, la especificación extrema de la comida
(carnívoros, vegetarianos, pecetarianos, veganos), los “alicamentos” (alimentos
vistos como medicina, como el yogur con calcio) y la expansión de los
ultraprocesados, cada vez más baratos.
“Obviamente, el fenómeno de la falta de
cocina casera cada vez es más global, y más aún en los países desarrollados.
Está íntimamente relacionado con el rol de las mujeres, el hecho de que
salgamos a trabajar fuera del hogar, etc. Por eso, en Europa comenzó hacia los
años 50 y aquí hacia los 70”, sostiene la antropóloga Gabriela Polischer. En el
trabajo de campo para realizar el libro se encontraron con que muchas mujeres
no soportan la cocina rutinaria. “La cocina de varias comidas al día es la que
desgasta. Entonces, terminan haciendo minutas. Ya no preparan una salsa, abren
una lata”, agrega.
En ese punto, el mercado les facilita lo
que necesitan. Lo marcó el antropólogo alimentario Marvin Harris hace treinta
años: “En grado cada vez mayor, lo que es bueno para comer es lo que es bueno
para vender”. La alimentación también preocupa a Vandana Shiva, filósofa y física
india –famosa por combatir a Monsanto– que estuvo en la Argentina en el 3º
Festival Internacional de Cine Ambiental. Afirmó que no toda la comida rápida
es comida basura. Para ella, la cocina comunitaria es la llave para comer bien.
“Las mujeres que no trabajan están libres para apoyar a las que tienen trabajo.
Así, la cocina comunitaria, igual que las huertas comunitarias, tienen que ser
la solución para afrontar las carencias de tiempo, de recursos, de no saber
cómo se cocina”.
Comer en solitario
Cuenta Michael Pollan que en cierto
momento de la madurez descubrió que la respuesta a muchas cuestiones que lo
inquietaban era siempre la misma: cocinar. Esas cuestiones podían ser tan
variadas como de qué forma conectarse con su hijo adolescente, cómo adquirir
mayor conocimiento del mundo natural, cómo convertir el sistema alimentario en
algo más saludable y sostenible. El periodista y best seller estadounidense es un referente del movimiento
gastronómico hacia una cocina consciente. En su libro Cocinar (Debate) habla de
la cocina como transformación y de recuperarla para restaurar el balance en
nuestra vida.
La palabra cocina es polisémica: designa a
la vez el espacio físico donde se prepara la comida, el artefacto donde se
cuece y el modelo que sintetiza consumos y conductas. En Cocinar , Pollan
aborda los tres sentidos. Escribe sobre la transformación de los alimentos a
través del fuego, el agua, el aire y la tierra y prepara cuatro recetas, tal
como lo hace también en la serie documental Cooked, de Netflix, donde se lo ve
con las manos en la masa. Asa un cerdo entero, hace pan, recorre su país en
busca de los maestros y visita Australia, Marruecos y México para conocer
tradiciones culinarias; sale al campo a ver los cultivos y muestra el producto
en su forma original. Al final de cada capítulo de Cooked, el periodista
comparte la receta hecha plato con amigos. El televidente ve que la pasan bien,
ríen, charlan, disfrutan mientras comen. No es raro que lo vea en solitario,
comiendo frente a la tele.
Para Claude Flischler, sociólogo del
Instituto Nacional de Investigaciones de Francia y autor de El omnívoro
(Anagrama), la cocina se trivializó. Está en todos lados, no necesita
preparación ni ceremonia. Fischler contrapone la gastronomía a la gastro-anomia
de hoy: comer sin sentido. “Comer no es otra forma de consumo como comprar ropa
o un auto, es algo que se hace socialmente, por eso hablamos de comensalidad,
se comparte la mesa y la comida. La mesa familiar tiene, además, una dimensión
educacional. La comida es la ocasión en la que se les enseña a los chicos
algunas reglas básicas de convivencia, solidaridad, comportamiento,
prioridades”, sostuvo en el marco de “La paradoja del apetito”, una conferencia
sobre comida, en EE.UU.
Algunos recordarán su mesa de niños,
quizás sin poder levantarse hasta que el padre, entado en la cabecera, lo
ordenara o teniendo que comer hasta el último bocado de una comida que quizás
no les gustaba. Otros evocarán las historias que se contaban en la mesa, el
sabor del guiso de la abuela, las recetas transmitidas de boca en boca, las
bromas, las peleas. Incluso la grieta forma parte de la comensalidad. Una
comensalidad que, según los expertos, está en retirada. Primero se redujo de
cinco comidas a tres (además, el almuerzo va perdiendo importancia) y hoy
predomina la comida en solitario.
Cocinar nos hace
humanos
Hace dos millones de años, los primates
que nos precedieron dedicaban gran parte de su día y energía a masticar
alimentos crudos, con cáscara, hojas duras. Según la teoría del antropólogo y
primatólogo de la Universidad de Harvard Richard Wrangham, el control del fuego
y la cocción de los alimentos están asociados a los cambios fisiológicos en el Homo erectus: mandíbulas, dientes y aparato digestivo más
chicos y cerebro más grande. “Cocinar nos hace humanos, alrededor del fuego nos
volvimos más dóciles”, afirma Wrangham.
No se sabe con exactitud cuánto tiempo
pasó desde que se controló el fuego hasta que se cocinó por primera vez. “Puede
haber sido una semana o diez generaciones, pero es probable que haya ocurrido
hace 1,9 millones de años con el descubrimiento del fuego. Obviamente no hay un
paso cognitivo muy grande de controlar el fuego a cocinar”, sostiene. En la
película La guerra del fuego (Jean Jacques Annaud, 1981), que muestra la lucha
de los humanos primitivos por el fuego, la idea de cocinar el alimento comienza
con un trozo de carne que se cae accidentalmente al fuego.
El primero que cocinó no era del todo
humano –prehomínido–, vivía en África y lo que cocinó fue algo muy simple y
parecido a la manera en que se cocina cuando uno está de camping: en el fuego.
Se asaban raíces y tubérculos que se volvían más tiernos y apetecibles. “Al
cocinar, los homínidos saltaron del medio animal al medio social propio del
hombre”, señaló el biólogo español Faustino Cordón, autor de Cocinar hizo al
hombre (Tusquets). En 1964, con Lo crudo y lo cocido Claude Lévi-Strauss tomó
los estados culinarios como metáfora de la transformación humana a partir de la
naturaleza cruda –no elaborada– en cultura cocida. Y con el fuego llegó la
fabricación de herramientas, las anécdotas de caza, el lenguaje, el nombre, el
significado.
En esta era estamos separados del fuego.
El estado culinario dominante es una abstracción: la comida preparada, lista
para comer, que se relaciona con la naturaleza por medio de las imágenes que se
ven en el paquete. En este contexto, las corporaciones hacen su negocio –hoy se
comen básicamente tres cereales (arroz, maíz y trigo) que provienen de semillas
genéticamente modificadas–, y el gusto y la nutrición quedan en último lugar.
Cómo se come
“La alimentación está en crisis. La
producción está en crisis (no es sustentable), igual que la distribución (hay
hambre) y también el consumo (se está rompiendo la comensalidad)”, continúa
Patricia Aguirre en la presentación de su libro, en el horario de la Cátedra
Libre de Soberanía Alimentaria que se dicta hace cuatro años en la Facultad de
Medicina.
En el libro Cocinar y comer en Argentina hoy se determina, por ejemplo, el
fondo de especias característico de nuestro país: sal, pimienta, orégano,
pimentón, ají molido y limón, que por su magnitud de uso también se incluyó
como saborizante. Es lo que usaban las abuelas para cocinar; sin embargo las
nietas lo desconocen y resumen en sobrecitos de “condimentos preparados”. Así,
el condimento para pizza se usa en las lentejas, la carne al horno o el
puchero.
El Mofad –Museo de la Comida y la Bebida
de Brooklyn– exhibe por estos días un recorrido por el sabor artificial (
Flavor: Making It and Faking It ), una industria de 25 billones de dólares que
experimentamos casi siempre que comemos.
Para Gabriela Polischer estamos ante una
época de confusión y bombardeo de discursos. “Por un lado me dicen que hay que
comer frutas, verduras y yogur y por otro me venden el alfajor doble grandote.
Hoy hay contradicciones acerca de lo que es comida. Alguien puede comer un
sándwich al mediodía y volver a la noche al hogar y decir que no comió. Porque
para ser percibido como comida debe poseer una elaboración, una consistencia,
algo que remita a lo casero”, señala.
Los entrevistados en Comer y cocinar en Argentina hoy coinciden en que “la madre de
todas las comidas es la hecha en casa”. Sin embargo, la fábrica avanza sobre la
cocina y se olvidan de los sabores que generan pertenencia. Salvo, por lo menos
en la Argentina, el asado. Los domingos al mediodía todavía huele a asado. Los
amigos y la familia se reúnen alrededor del fuego y, en esa instancia, la comensalidad
no está perdida.
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Fuente: Revista Ñ <https://www.clarin.com/rn/ideas/Cocinar-rito-humaniza_0_SkgyIK_DQe.html


