miércoles, 2 de febrero de 2022

Centenario del "Ulises" de Joyce

 


Un clásico universal

Una joya literaria que cumple 100 años: la odisea de “Ulises”

 

Publicada originalmente en 1922, la obra sufrió censuras y fue calificada de obscena, en el marco de un derrotero impensable que reconstruye el especialista Carlos Gamerro. Hoy es considerada por muchos la mejor novela en idioma inglés del siglo XX.

CARLOS GAMERRO

 

 

El 2 de febrero se cumplen cien años de la publicación de Ulises, novela hoy justamente célebre por su influencia mayúscula en la literatura y la cultura toda y por los desafíos que supone para sus lectores, pero que incluso antes de su publicación ya se había hecho famosa por su lenguaje explícito y las acusaciones de obscenidad.

 

Como es sabido, Joyce modeló las andanzas de sus tres personajes principales, Stephen Dedalus, Leopold y Molly Bloom, por las calles, casas y camas de Dublín, el día 16 de junio de 1904, sobre las andanzas del personaje de Homero, como si hubiera podido predecir que la publicación de su novela terminaría constituyendo una odisea no menos heroica que la narrada por su precursor.

 

El James Joyce de Richard Ellmann, seguramente una de las más brillantes biografías literarias jamás escritas, cuenta la historia con cierto detalle; recientemente (2014) se le ha sumado El libro más peligroso de Kevin Birmingham, centrado en la batalla legal.

 

Los problemas de Joyce con la censura habían empezado bastante antes, desde los inicios de su carrera como narrador. El editor Grant Richards se negó a publicar su libro de cuentos, Dublineses, si el autor no se avenía a mitigar las situaciones demasiado realistas y la mención de lugares y personajes reales de la ciudad de Dublín.

 

No le fue mejor con el siguiente, George Maunsel: el libro fue impreso y luego destruido por su impresor, preocupado por las consecuencias de su inicial temeridad; un desconsolado Joyce, que había viajado especialmente a Dublín para tratar de destrabar el conflicto, apenas pudo llevarse de regreso a Trieste, donde residía por entonces, un único ejemplar.

 

No mucho más fácil fue el proceso de publicación de su primera novela, Retrato del artista adolescente: la mecenas de Joyce y editora de la revista The Egoist, Harriet Shaw Weaver, que comenzó a serializarla, tuvo que peregrinar por más de doce impresores hasta encontrar uno que accediese a imprimirla sin supresiones ni alteraciones (publicar íntegro el texto de Joyce fue siempre, para el autor y sus más fieles editores, la definición más simple e inclaudicable de la palabra integridad).

 

Salvo excepciones como la del incansable Ezra Pound, que lideró la cruzada pro-Joyce en el terreno editorial y cultural, y la del abogado John Quinn, que encabezó la legal, fueron las mujeres las más ardientes defensoras de su obra, una justa e irónica réplica al ejército de censores –todos varones, qué duda- que tantas veces invocaron la ‘protección de las damas’ como argumento para validar su supresión.

 

Joyce empezó a escribir Ulises en 1914; en 1918, gracias a los buenos oficios de Pound, recibió la oferta de ir publicándolo en The Little Review, una revista fundada en Chicago por las anarquistas, sufragistas y feministas Margaret Anderson y Jane Heap, cuyo lema, “sin concesiones para el gusto del público”, parecía hecho a medida de Joyce.

 

Los problemas comenzaron con el capítulo 8, “Lestrigones”, cuando una joven Molly pasa un bizcocho semimasticado de su boca a la de su joven amante Leopold y él besa “sus ojos, sus labios, su cuello estirado” y lame “los gordos pezones erguidos”.

El número fue incautado por el Servicio Postal de los Estados Unidos: Anderson y Heap siguieron incluyendo fragmentos de Ulises, y siendo censuradas, hasta que la publicación, en 1920, del capítulo 13, “Náusica”, en el cual la joven Gerty McDowell cruza miradas con Bloom en la playa de Sandymount y ambos terminan masturbándose a mutua conciencia y a prudente distancia, decidió a John Sumner, director de la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio (NYSSV) a impulsar el procesamiento de las editoras por obscenidad.

Los Estados Unidos se hallaban todavía bajo el imperio de las leyes Comstock, inspiradas por el predecesor de Sumner, que penaban toda forma de indecencia, incluyendo bajo ese generoso rótulo hasta la información científica sobre métodos de control de la natalidad.

A su vez, la censura basculaba entre el muy apreciado Veredicto Hicklin, de 1868, que la justificaba por el efecto nocivo que la obra de marras podía tener si ‘caía en manos’ de un niño o una jovencita inocente; y el menos conocido Veredicto Hand, hasta cierto punto contrapuesto, que proponía que la definición de obsceno era relativa e históricamente cambiante, y que someter a toda la literatura al criterio del ‘más vulnerable’ implicaba rebajarla “a los criterios de una biblioteca infantil”.

El juicio, celebrado en Nueva York en 1921, tuvo sus momentos hilarantes, como aquel en que uno de los jueces quiso impedir que se leyeran en voz alta las partes ofensivas porque ‘había damas presentes’; cuando se le señaló que se trataba de la mujer sometida a juicio, respondió ‘galantemente’, “estoy seguro de que no conocía el significado de lo que estaba publicando”.

 

Pero la mayor ironía fue que ni los jueces ni el fiscal eran conscientes de las reciprocas masturbaciones de Gerty y Bloom: Pound, sin consultar a Joyce, había censurado palabras y frases claves para la edición de The Little Review (de haber publicado la versión completa, es de esperarse que el veredicto de diez días de prisión o multa de cien dólares habría sido trocado por el de la quema a las dos editoras junto con la edición).

 

Con este precedente, ningún editor del mundo de habla inglesa quiso hacerse cargo de la novela. Harriet Weaver contactó a los Woolf, pero a Virginia no le gustaba lo que había leído (lo consideraba ‘vulgar’, aunque años después lo reelería, revisaría su postura y escribiría su propio Ulises femenino, Señora Dalloway) y la pequeña imprenta de Hogarth Press, atendida por sus dueños, no podía hacerse cargo de semejante volumen textual.

 

Quien finalmente encararía el desafío fue Sylvia Beach, fundadora de la mítica (sobre todo por haber publicado Ulises) librería parisina Shakespeare & Co. Encontró en Dijon a un editor bien dispuesto, Maurice Darantière, que por ser francés no tenía problemas con la obscenidad, pero sí los tuvo con el demoníaco concepto de edición de Joyce, para quien ‘corregir’ era sinónimo de ‘expandir’: tanto en las cuatro galeradas como en las cinco pruebas de imprenta el libro creció en un tercio durante el proceso de impresión.

 

Pero los problemas de Ulises recién comenzaban con la publicación: podía comprarse legalmente en Francia, pero no podía entrar en ningún país de habla inglesa, ni por correo ni en manos de su comprador.

 

Sylvia Beach terminaría recurriendo a Ernest Hemingway, por entonces un joven aspirante a escritor de veintidós años recién llegado a París y ya fanático de Joyce, quien contactó a un contrabandista idealista y anarquista que llevaba los ejemplares de Canadá, donde la novela no había sido prohibida aún, a los EE.UU., de a uno por vez: no casualmente, quizás, la censura de Ulises en los EE.UU. coincidió con la Ley Seca, y los mecanismos para eludir la Prohibición del alcohol ayudaron a sortear los de la literatura también (coincidentemente, Ulises sería permitido en los EE.UU. la misma semana que ésta se derogó).  

 

Para ese entonces, los mayores desvelos de los censores no eran causados por Gerty sino por Molly y su archicélebre monólogo, que incluye frases como “lo voy a dejar que me lo haga atrás siempre que no me enchastre los calzones limpios […] me apretaré bien las nalgas y le largaré unas cuantas malas palabras culo sucio o chupame la mierda o cualquier otra barbaridad que me pase por la cabeza”. No sorprende que las mujeres fueran las más ardorosas defensores de Ulises, cuando las mujeres de Ulises eran para los censores la mayor causa de irritación.

 

El juicio decisivo tuvo lugar recién en 1933: el juez John Woolsey, en un dictamen que hizo historia (tanto que durante mucho tiempo su veredicto acompañó las ediciones de Ulises en EE.UU.) dictaminó que Ulises no era obsceno, y la revista Time le dedicó su portada a Joyce.

 

“Así se rinde una mitad del mundo angloparlante. La otra mitad le seguirá pronto” comentó éste al recibir la noticia. Resignadas a lo inevitable, las autoridades inglesas lo dejarían pasar en 1936; Canadá en 1949 y la ultracatólica Irlanda recién en los años ‘60.

La legalización de Ulises sentó el principio que una obra podía ser ‘indecente’ u ‘obscena’ pero verse ‘redimida’ por su valor literario o cultural, abriendo la puerta para la legalización del poema Aullido en 1957 y las novelas El amante de Lady Chatterley en 1960, Trópico de Cáncer en 1964 y El almuerzo desnudo en 1966, que dio por terminada la era de la censura literaria, al menos en el mundo anglosajón: después de permitir la novela de Burroughs ya no quedaba cosa alguna por prohibir.

 

Pero el argumento más sólido de la defensa, a cargo del abogado de Random House, Morris Ernst, fue que la premisa de Ulises, de contar todo lo sucedido en un día en la vida de sus personajes, incluyendo sus pensamientos y fantasías conscientes e inconscientes, no sólo habilitaba, sino que obligaba al autor a incluir lo escatológico y lo sensual: Joyce completaba el proyecto realista, que hasta él había dejado fuera gran parte de la realidad que decía representar.

 

En ese sentido, me gusta pensar que el momento en que la buena suerte de Ulises, y con ella la de todos nosotros, quedó sellada, fue el de un contacto epifánico entre Woolsey y Ernst, que Birmingham recoge con conmovedora devoción: “Señoría, mientras presentaba mi alegato mi intención era centrar toda mi atención exclusivamente en este libro, pero, mientras estaba declarando, también he estado pensando en ese anillo que lleva alrededor de la corbata, en que la toga no le ajusta del todo bien sobre los hombros y en el retrato de John Marshall que cuelga detrás del estrado”.

 

“Yo me estaba preocupando por el último capítulo de la novela y lo he estado escuchando con toda atención, pero debo confesarle que mientras lo hacía estaba pensando en la silla Hepplewhite que hay detrás de usted”.

“Ésa, su señoría, es la esencia de Ulises”.

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Fuente: Clarín. Buenos Aires, 2 de febrero del 2022.

 


martes, 25 de enero de 2022

En mi oficio o mi arte sombrío...

 Dylan Thomas


(Gales, Reino Unido, 1914 – Nueva York, 1953)

 

En mi oficio o mi arte sombrío...

   

En mi oficio o mi arte sombrío

ejercido en la noche silenciosa

cuando sólo la luna se enfurece

y los amantes yacen en el lecho

con todas sus tristezas en los brazos,

junto a la luz que canta yo trabajo

no por ambición ni por el pan

ni por ostentación ni por el tráfico de encantos

en escenarios de marfil,

sino por ese mínimo salario

de sus más escondidos corazones.

 

No para el hombre altivo

que se aparta de la luna colérica

escribo yo estas páginas de efímeras espumas,

ni para los muertos encumbrados

entre sus salmos y ruiseñores,

sino para los amantes, para sus brazos

que rodean las penas de los siglos,

que no pagan con salarios ni elogios

y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.

 

(Versión de Elizabeth Azcona Cranwell)

lunes, 27 de diciembre de 2021

La unión libre

 




André Breton

 

(Francia, 1896-1966)

 

 

La unión libre

 

 

Mi mujer con cabellera de fuego de leña

Con pensamientos de relámpagos de calor

Con talle de reloj de arena

Mi mujer con talle de nutria entre los dientes del tigre

Mi mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud

Con dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca

Con lengua de ámbar y de vidrio frotados

Mi mujer con lengua de hostia apuñalada

Con lengua de muñeca que abre y cierra los ojos

Con lengua de piedra increíble

Mi mujer con pestañas de palotes que escriben los niños

Con cejas de borde de nido de golondrinas

Mi mujer con sienes de pizarra de techo de invernadero

Y de vaho en los cristales

Mi mujer con hombros de champagne

Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo

Mi mujer con muñecas de fósforos

Mi mujer con dedos de azar y de as de corazón

Con dedos de heno segado

Mi mujer con axilas de marta y de bellotas

De noche de San Juan

De alheña y de nido de escalarias

Con brazos de espuma de mar y de esclusa

Y de mezcla de trigo y de molino

Mi mujer con piernas de cohete

Con movimientos de relojería y desesperación

Mi mujer con pantorrillas de médula de saúco

Mi mujer con pies de iniciales

Con pies de manojos de llaves con pies de pajaritos que beben

Mi mujer con cuello de cebada sin perlar

Mi mujer con garganta de Valle de Oro

De cita en el lecho mismo del torrente

Con senos nocturnos

Mi mujer con senos de topera marina

Mi mujer con senos de crisol de rubíes

Con senos de espectro de la rosa bajo el rocío

Mi mujer con vientre de despliegue de abanico de los días

Con vientre de garra gigante

Mi mujer con espalda de pájaro que huye vertical

Con espalda de azogue

Con espalda de luz

Con nuca de piedra de canto rodado y de tiza mojada

Y de caída de un vaso en que se acaba de beber

Mi mujer con caderas de barca

Con caderas de araña y de plumas de flecha

Y de canutos de plumas de pavo real blanco

De balanza insensible

Mi mujer con nalgas de greda y de amianto

Mi mujer con nalgas de lomo de cisne

Mi mujer con nalgas de primavera

Con sexo de gladiolo

Mi mujer con sexo de yacimiento y de ornitorrinco

Mi mujer con sexo de alga y de bombones viejos

Mi mujer con sexo de espejo

Mi mujer con ojos llenos de lágrimas

Con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada

Mi mujer con ojos de sabana

Mi mujer con ojos de agua para beber en prisión

Mi mujer con ojos de bosque siempre bajo el hacha

Con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego

 

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Traducción: Raúl Gustavo Aguirre

 

 

viernes, 3 de diciembre de 2021

Belkis Cuza Malé

Belkis Cuza Malé

(Cuba, 1942)

 


Compro muebles viejos: sillas, camas, bastidores

 

Los compradores de muebles viejos
a menudo olvidan el amor,
sustraen una cama o una silla
aprovechando que sus dueños se han mudado
para siempre,
que embarcaron con la vejez y la tarde,
que no tuvieron tiempo de decidir la suerte
de los objetos
y a última hora hubo que deshabitar la casa,
abandonar la felicidad de antes
y partir sin despedirse de la cocinera.
Los compradores de muebles viejos
borran el polvo,
cualquier mancha de aceite sobre la superficie
y hasta inventan una historia feliz
para el nuevo dueño:
“Aquí se sentada el Rey Midas”.
“En esta cama nació María Antonieta”.
Pero las huellas del antiguo cuerpo
no desaparecen nunca,
ni la fatalidad, ni la soberbia
y el nuevo propietario comienza a pensar
que él es el otro,
que todo lo que toca se convierte en sal y agua,
que su mujer ha perdido la cabeza
y que ya no hay modo de no morir como los otros.

 

La Patria de mi madre

 

Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte.
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día una pared, otro día el techo,
y, a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria -decía-
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas,
el sitio de la muerte.

 

Asimilo

Asimilo
el verbo conjugado
sin ser dicho.
No hace falta
trasplantarnos las uñas
de las manos
a la tierra,
para saber
que el marco de la puerta
forma un ángulo;
que los pies descalzos
andan sueltos;
ni que hace tiempo
mi espíritu se ha muerto
robando
granos de azúcar
a las moscas,
y ventilando situaciones
de cuidado.

 

En el museo de la vida

¿Qué somos? ¿Dioses imperfectos
sometidos los unos a los otros? ¿Hombres ranas?
¿Muchedumbre? ¿Escoria?
¿Conquistadores gloriosos del presente?

Vivimos en el museo de la vida,
atravesamos salas y bastiones, mapas históricos
cagados por las auras. ¿Quién se atreve a minar
la tradición, viejo empeño de abuelas?

Pero yo no he vivido y esto huele a folklore.
Nada han visto mis ojos. Estas manos que acarician
los leones de piedra, rozan también la estatua de beduino
sin ser correspondidas.

¿No habrá sitio en el mundo
que no sea este viejo arsenal de chucherías,
este acabado caserón?

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Fuente: https://adncuba.com/noticias-de-cuba-cultura/literatura/los-prohibidos-seleccion-de-poemas-de-belkis-cuza-male

  

viernes, 19 de noviembre de 2021

La muchacha mala de la historia

 

SOY LA MUCHACHA MALA DE LA HISTORIA

 

María Emilia Cornejo

 


soy
la muchacha mala de la historia
la que fornicó con tres hombres
y le sacó cuernos a su marido.
soy la mujer
que lo engañó cotidianamente
por un miserable plato de lentejas,
la que le quitó lentamente su ropaje de bondad
hasta convertirlo en una piedra
negra y estéril,
soy la mujer que lo castró
con infinitos gestos de ternura
y gemidos falsos en la cama.
soy
la muchacha mala de la historia.


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Eros. Año I, n.° 1. Lima, agosto de 1973, p. 5.

Director de la revista: Isaac Rupay.