jueves, 15 de abril de 2021

Tierra baldía

 




La tierra baldía

Thomas S. Eliot


 

 

I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

 

Abril es el mes más cruel: engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos y anhelos, despierta

inertes raíces con lluvias primaverales.

El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo

la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo

una pequeña vida con tubérculos secos.

Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergersee

con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,

y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,

y tomamos café y charlamos durante una hora.

Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.

Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,

mi primo, él me sacó en trineo.

Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,

Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.

Uno se siente libre, allí en las montañas.

Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

 

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen

en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,

no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces

un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,

y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela

y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo

hay sombra bajo esta roca roja

(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),

y te enseñaré algo que no es

ni la sombra tuya que te sigue por la mañana

ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;

te mostraré el miedo en un puñado de polvo.

              

               Frisch weht der Wind

               der Heimat zu

               mein Irisch Kind,

               Wo weilest du?

 

«Hace un año me diste jacintos por primera vez;

me llamaron la muchacha de los jacintos.»

— Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,

llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude

hablar, mis ojos se empañaron, no estaba

ni vivo ni muerto, y no sabía nada,

mirando el silencio dentro del corazón de la luz.

Oed' und leer das Meer.

 

Madame Sosostris, famosa pitonisa,

tenía un mal catarro, aun cuando

se la considera como la mujer más sabia de Europa,

con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—

está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,

(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)

aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,

la dama de las peripecias.

Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,

y aquí el comerciante tuerto, y este naipe

en blanco es algo que lleva sobre la espalda

y que no puedo ver. No encuentro

al Ahorcado. Temed, la muerte por agua.

Veo una muchedumbre girar en círculo.

Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,

dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:

¡una tiene que andar con cuidado en estos días!

 

Ciudad Irreal,

bajo la parda niebla del amanecer invernal,

una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!

Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.

Exhalaban cortos y rápidos suspiros

y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.

Cuesta arriba y después calle King William abajo

hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas

con un repique sordo al final de la novena campanada.

Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,

¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!

¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,

ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?

¿No turba su lecho la súbita escarcha?

¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,

pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!

Tú, hypocrite lecteur! — mon semblablemon frère

 

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Traducción de Agustí Bartra.

 

 

 

 

 

 


martes, 23 de febrero de 2021

Augusto Higa y el final del porvenir

 


Augusto Higa y el Final del Porvenir*

Lima: Editorial Milla Batres, 1992

 

 

El condicionamiento social, los patrones culturales, la idiosincrasia propia del habitante de barrio constituyen el motivo central del trabajo narrativo de Augusto Higa en Final del Porvenir, su primera novela.

Ambientada en el barrio victoriano de El Porvenir de ahí el título—nos lo describe así: “Nosotros vivíamos en esos edificios multifamiliares, y recuerdo su aspecto de madrigueras, aquellas oscuras galerías, los rústicos balcones, los tenebrosos pasadizos, y los cientos de ventanucos alrededor de las paredes. Sí, una verdadera montaña de cemento, con sus cuatro avenidas rodeándola…”.

 

El barrio, el micromundo, la pequeña patria, es el núcleo social limeño característico de distritos o zonas tradicionales como Barrios Altos, El Cercado, Breña, El Rímac o La Victoria. Como en la comunidad andina, en el barrio limeño se expresa el espíritu solidario de sus habitantes. Circunscrito a una manzana, una cuadra, una quinta o un edificio, las vivencias familiares se funden en la vivencia colectiva, donde la fiesta o la tragedia son asumidas por el grupo. Este es uno de los aspectos que recoge la novela de Higa, en la cual el protagonista no es el clásico “héroe” individual, sino un grupo de personas con un destino común, señalado por su condición de inquilinos precarios.

 

En la descripción de La Parada es, a nuestro parecer, cuando los momentos narrativos alcanzan la más alta calidad. Prosa fluida con la que el autor nos muestra un mundo abigarrado, denso, cargado de elementos disímiles.

 

Las malas noticias no vienen solas, es lo que nos dice, en el relato, el autor de la novela. La primera mención a las cartas notariales de venta de los departamentos a los inquilinos (p. 67) es acompañada por la evidencia de una plaga de sarna entre el vecindario. Otra manifestación de esta coincidencia se patentiza en la página 98. La muerte de Mácalo y la desaparición de tío Américo hacen decir a don Niko: “Llegó la saladera”; lo cual vendría a ser un nuevo presagio de lo que sucederá a los inquilinos. Páginas más adelante se verá a los agentes del banco merodeando por el edificio. “Rondan los cuervos” dirá don Niko. Finalmente, la última señal es el temblor, que precede a la confirmación de la pérdida del proceso judicial en la última instancia y la amenaza de desahucio o desalojo que pende sobre ellos.

 

Ajeno a los experimentalismos formales del llamado boom latinoamericano de los años sesenta, Augusto Higa asume un trabajo creativo más bien personal, ligado a su ambiente social y a sus raíces, cuyos resultados se están preparando en las marmitas de su ya conocido talento narrativo. (Luis Alberto Castillo)

 

 

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* Publicado en Revista, suplemento cultural de El Peruano. Lima, 6 de septiembre de 1993, p. 10.

 


sábado, 13 de junio de 2020

Sobre Cronwell Jara y los años setenta sanmarquinos



Sobre un joven poeta y narrador de nombre Cronwell Jara Jiménez y los años setenta sanmarquinos*


Luis Alberto Castillo C.





En primer lugar, agradezco al poeta Sandro Chiri por permitirme participar en este acto de reconocimiento a la obra de mi estimado amigo y condiscípulo sanmarquino Cronwell Jara. A propósito, hago memoria que conocí a Sandro allá por el año 1987, si mal no recuerdo, en el ascensor de un edificio de la avenida Abancay, donde en el sétimo piso funcionaba la redacción del diario Actualidad, medio en el cual el que esto escribe fungía de corrector y Sandro dirigía La Palabra, el suplemento dominical de dicho diario, y quien nos presentó fue nada más y nada menos que nuestro común amigo Cronwell.

En esta semblanza me ocuparé de mi experiencia sanmarquina que abarca sobre todo desde el año 1973 hasta 1976, periodo durante el cual tuve la suerte de compartir vivencias académicas y literarias, y de confraternizar más allá de los ámbitos universitarios con Jorge Cronwell Jara Jiménez.  

A pesar de que ambos habíamos estudiado el Ciclo Básico en “Oxford”, conocí a Cronwell recién cuando pasamos a la Ciudad Universitaria, en 1973, en el entonces denominado Programa de Literaturas Hispánicas. Nota aclaratoria: le decíamos “Oxford” al local donde los cachimbos realizábamos los Estudios Generales, que quedaba en la cuadra 19 de la avenida Venezuela, y que anteriormente había sido la fábrica de los zapatos marca Oxford.

Surgida nuestra amistad en las aulas literarias, presenté a Cronwell a un grupo de amigos que conocí en el Ciclo Básico, entre quienes estaban Lupe García, Julio Durand y Alfredo Madrid.

Lupe estudiaba psicología; le decíamos ‘La Maga’, en alusión al personaje de Rayuela, una de nuestras lecturas favoritas de entonces; era asidua lectora de los existencialistas, sobre todo de Herman Hesse. Ella nos consideraba unos casos clínicos y nos sometía al test de Rorschach y a otros análisis psicométricos que le revelaban nuestras más recónditas obsesiones. Desde entonces cultiva la amistad del autor de Faite.

Julio Durand, quien en su adolescencia había frecuentado a las musas pero se había desengañado de ellas, era un fervoroso lector de Marcel Proust; no obstante, se había inclinado por la sociología y discutía sobre filosofía marxista con los profesores. Él fue el primer editor de Hueso duro, una de las obras narrativas primigenias de Cronwell, en Ediciones Diálogo, en 1980.

Alfredo Madrid estudiaba Medicina, con miras a convertirse en colega de Freud, sin embargo paraba más en el Patio de Letras que en San Fernando. Generoso como el que más, era el que en las cantinas siempre ponía las cervezas, además de regalarnos libros (me obsequió el Ulyses, de Joyce). Leía más literatura que los propios escritores noveles de entonces, y a veces se le escuchaba recitar de memoria, con su potente voz, algún capítulo de El Quijote. Con Alfredo realizábamos largas caminatas nocturnas por el centro de Lima; compartíamos la búsqueda de la belleza y ciertos ideales sociopolíticos, pero a él y a mí nos distanciaban nuestras inquietudes amorosas por una muchacha sanmarquina. Fue un amigo entrañable de Cronwel. Murió en 1977, a los 23 años.

Con ellos y con nuevos amigos nos reuníamos en los jardines o en el bosque de la Facultad de Letras para conversar o leer nuestros poemas o relatos. Cronwell, al mismo tiempo que abría su cuaderno de hojas cuadriculadas escritas con letra menuda desde la primera línea hasta la última, y sin dejar márgenes, nos contaba que tenía bastantes relatos escritos, y nos leía algunos de sus textos. Por esa época escribía bajo el seudónimo de Abebe Bikila (los jóvenes que tengan curiosidad por saber de quién se trata pueden encontrar su biografía en internet).

Por los años 1973-1975 coincidimos en el área de Literatura de San Marcos un grupo de piuranos, entre quienes estaban Marco Martos y Armando Rojas en la plana docente; Eduardo Urdanivia y Róger Zapata Kuyén eran los alumnos más antiguos; Cronwel Jara, Rosa Carbonel, Mito Tumi y este escribidor conformábamos la siguiente generación; con la llegada de Roger Santiváñez se completaría el contingente norteño.

Asimismo, compartíamos aula, y no pocas veces carpeta, con Ana María Mur, Guido Podestá, Santiago López Maguiña, Miguel Ángel Rodríguez Rea, Ana María Gazzolo, José Morales Saravia, Carlos Orellana, Gianfranco Brero, Marisol Bello, Juan Luis Dammert, Orlando Germán, entre otros. También concurrían estudiantes de allende el océano Atlántico, como los yugoslavos Valeria y Goran Tocilovac, y la búlgara Raina Voteba (no estoy seguro si está bien escrito el apellido); y tras el golpe de los milicos, en Chile, Huidobro y Neruda nos enviarían a Coral Pey.

Además de los amigos y condiscípulos mencionados, el futuro autor de Patíbulo para un caballo alternaba con un grupo de ‘patas’ que eran amantes de la filosofía, de la poesía oriental y de otros menesteres culturales; entre ellos se encontraban Víctor Hugo Velásquez, Juvenal Ramos, Mario Choy, Walter Vargas Machuca y algunas musas.

Desde mi experiencia académica sanmarquina de esos años merecen especial mención los profesores Pablo Guevara, quien dirigía el Taller de Poesía del Ciclo Básico, donde escuché hablar por primera vez de Apollinaire, Bretón, Brecht, Allen Ginsberg, por mencionar a los que más me impresionaron; Wáshington Delgado, sus clases de literatura española eran sumamente entretenidas, pues matizaba sus exposiciones con ‘sabrosas‘ —palabra recurrente en él— anécdotas de los escritores sobre los que estaba tratando, mientras con fruición daba ávidas pitadas a sus cigarrillos y exhalaba haciendo volutas de humo, pues en aquella época se podía fumar en el lugar que a uno le apeteciera; Javier Sologuren (además de muy buen profesor, era siempre cordial y asequible con los alumnos); Paco Carrillo, que también dirigía la mítica revista de poesía Haravi, en la que los liróforos en ciernes aspirábamos publicar; Francisco Bendezú, que para bien de los estudiantes no pocas veces transgredía los cánones de la docencia y de quien Cronwell contaba divertidas ocurrencias, como aquella en la que después de clase los invitó a él y a otros cuatro o cinco alumnos a almorzar al entonces exclusivo restaurante del hotel Bolívar, donde intercambiaron saludos con Luis Alberto Sánchez. De igual modo, recuerdo de manera especial a Marco Martos e Hildebrando Pérez, ellos dirigían el Taller de Poesía, que se realizaba en el Repertorio Bibliográfico de la Facultad de Letras, al que asistíamos puntualmente los días viernes, de 5 a 7 p. m.  

Por esos años también, como haciendo tiempo antes de que empiecen las clases o el Taller de Poesía, los jóvenes bardos nos reuníamos en las bancas del Patio de Letras, a “fatigar la infamia” (frase de Borges que Mito siempre cita) y hablar de los amores posibles, pero más de los imposibles; de vez en cuando caía por ahí Chacho Martínez, acompañado del aeda Juan Ojeda.

A propósito de este navegante, recuerdo una anécdota en la que fui copartícipe con Ojeda y Cronwel. Una tarde, casi noche, pasábamos el hoy galardonado y yo frente al Palermo, y decidimos sentarnos a tomar un café, y de pronto se acerca tambaleando a nuestra mesa un señor vestido con terno que no era otro que el autor de El arte de navegar; al pasar al costado de una mesa vecina donde había un grupo de amigos que tenían varias botellas de cerveza sin consumir, Juan, sin decir nada, agarró dos botellas y las trajo a la nuestra. La reacción de los afectados no se hizo esperar y furibundos vinieron a increparle al poeta chimbotano tamaña osadía, pero el verbo de Cronwell los calmó, recuperaron sus botellas y se retiraron, y la sangre no llegó al río.          

En cuanto a la obra literaria cronweliana de la época que estoy rememorando, diré, brevemente, que si bien ahora es más conocido por su vena narrativa, sin embargo en la década de los setenta publicó sobre todo poesía, en las diversas revistas que los estudiantes sanmarquinos editábamos artesanalmente, las que se tipeaban en esténcil y se imprimían en mimeógrafo, como Textos, Ave Destino, Escritura, Disturbios, entre otras. Ahí publicó, por ejemplo, sus poemas “Nuestras musas orinan” (1975), “Sobre un juglar y sus días cotidianos” (1975), “Seis tankas de otoño” (1976); en los años posteriores diversas publicaciones literarias de mayor nombradía continuaron dando a conocer el estro poético jareano.

Finalmente, solo me queda decir que más o menos a fines de 1976 nuestros senderos se bifurcaron pero nuestra amistad ha permanecido siempre constante. Por mi parte empecé a frecuentar más asiduamente el Wony y la plaza San Francisco, y Cronwell continuó sus estudios hasta graduarse y se dedicó a escribir los cuentos y novelas que lo han hecho merecedor de diversos reconocimientos, como el que ahora le otorga la Casa de la Literatura.


Lima, abril del 2019


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* Leído en la Casa de la Literatura, el 25 de abril del 2019.
   


domingo, 24 de abril de 2016

La Canción de las Figuras (1916-2016)






“La canción de las figuras”, por José María Eguren*


Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes de su valor, que consiste en la alegría de adivinar poco a poco; sujerirlo, he ahí el ideal soñado. El perfecto empleo de este misterio es lo que constituye el símbolo; evocar poco a poco un objeto y desprender de él un estado de alma o, inversamente, escoger un objeto y desprender de él un estado de alma por medio de una serie de descifraciones”.

Estas palabras de Mallarmé –quizá las que mejor mejor han definido el simbolismo– vienen irremediablemente a la memoria cuando de José María Eguren se quiere tratar. El autor de “Simbólicas” (Lima, 2011) y que ahora ha publicado “La canción de las figuras”, libro dedicado, con generoso acierto intelectual y lírico, al “insigne maestro don Manuel González Prada”, es uno de esos escritores que asustan a la Bestia Policéfala, desconciertan a los diletantis, encanta a los snobs y preocupan honda y sinceramente a los intelectuales de buena ley. No es tan fácil opinar de Eguren en la fugacidad de una noticia bibliográfica. Pero urge indicar que en él se encarna algo que las letras nacionales no pueden posponer, algo que es luminoso y exótico. Es, ante todo, un poeta lejano, porque para su acentuada individualidad no puede haber justicia en este momento en que todos luchamos por el predominio de nuestros respectivos credos. Caldeada la arena del palenque y excitados los egoísmos y los rencores, este poeta tan original y complicado no puede ser visto con ecuánime unción artística. Hasta el hecho, de preclara honradez intelectual, de dedicar su libro a quien es, pese a todo, porque ése si vive muy lejos de nuestras rencillas, “insigne maestro” de arte y vida, es, para muchos renacuajos, alegato de condenación. De todos modos, “Colónida” no dejaría de publicar un ensayo serio a propósito de Eguren. Uno más, no obstante el apreciabilísimo que, “Colónida” también publicó, y que fue escrito por Enrique A. Carrillo, ensayo que sirve de prólogo a “La canción de las figuras”.


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* Reseña publicada en Colónida, n.° 4. Lima, mayo de 1916, p. 34).       

jueves, 17 de septiembre de 2015

Solitarios son los actos del poeta...

 
 
Luis Hernández
 
El bosque de los huesos
 
Mi país no es Grecia,
Y yo (23) no sé si deba admirar
Un pasado glorioso
Que tampoco es pasado.
Mi país es pequeño y no se extiende
Más allá del andar de un cartero en cuatro días,
Y a buen tren.
 
Quizá sea que ahora yo aborrezca
Lo que oteo en las tardes: mi país
Que es la plaza de toros, los museos,
Jardineros sumisos y las viejas:
Sibilinas amantes de los pobres,
Muy proclives a hablar de cardenales
(Solteros eternos que hay en Roma),
Y jaurías doradas de marocas.
Mi país es letreros de cine: gladiadores,
Las farmacias de turno y tonsurados,
Un vestirse los sábados de fiesta
Y familias decentes, con un hijo naval.
 
Abatido entre Lima y La Herradura
(El rincón Hawai a diez kilómetros
De la eterna ciudad de los burdeles),
Un crepúsculo de rouge cobra banderas,
Baptisterios barrocos y carcochas.
Como al paso senil del bienamado, ahora llueve
Una fronda de estiércol y confeti:
Solitarios son los actos del poeta
Como aquellos del amor y de la muerte.
 
(De Las constelaciones, 1965)
 
 


martes, 27 de mayo de 2014

Ascensión a la noche: Homenaje a Orlando Germán

 
Ascensión a la noche
Orlando Germán
(Mala, Lima, 1952-2011)
 
Ciudad Universitaria de San Marcos, segunda mitad de los setentas…  algunas tardes, grises o doradas, sentados en las bancas del Patio de Letras conversábamos con Orlando Germán y otros jóvenes vates, sobre la vida, el amor, la belleza…; es decir, la poesía. En su homenaje, publicamos el texto autobiográfico y dos poemas de su libro Ascensión a la noche.         
 
La débil luz de una lámpara a kerosene iluminaba una casita —construida con caña brava— la noche del seis de Abril hace veintiocho años, allá, en las salidas del pueblo de Mala. En esos tiempos no existía el motorcito de luz, ni los Avalos poseían sus carros, ni la Reforma Agraria se había dado. Esa noche nací yo, según me cuentan.
Entonces conocí la casa con su techumbre de paja, conocí los sauces y álamos que siempre rodearon su perímetro. La casa y el pardo camino que vió secretamente el cansancio de los toros aprendieron a sentirme como un pulso más en sus calladas existencias. Conocí muchachos con quienes solía por las tardes cazar pajarillos con hondas de jebe. Una vez me cayó una pedrada en la boca y se me arrancaron dos dientes de leche. El río con sus aguas cristalinas refrescaba nuestros cuerpos inocentes. Bocho, Octavio, el Josicha, mi hermano Alejandro, el flaco Adolfo y también Alberto que más tarde se casaría con mi hermana Hermelinda para dejarla viuda con cuatro niños, compartíamos el juego.
La escuela 453 de Mala varió mi vida. Mis ensueños infantiles comenzaron a buscar un acomodo en mi nostalgia, cuando comenzó la lucha empedernida con la pobreza de mis padres y sus trágicas caídas. La secundaria en el Dionisio Manco Campos de mi ciudad natal me sumergió hondamente en el tráfago sin rumbo de los días similares. Con Ítalo Barahona, Edilberto Caycho, Daniel Campos y Campana bautizamos profesores, trazábamos proyectos y peleábamos. Los proyectos nunca se cumplieron y hoy los años se suman a mi vida y todavía veo florecer los anhelos latiendo con la tierra, el agua del río, las retamas, las cosechas que motivan los esfuerzos de la lucha por hacerlas nuestras, definitivamente.
Orlando Germán
                                                                                                        (p. 45)                    
 
 
Ascensión a la noche
                                         Para Haydeé
El pájaro paca-paca
cantando en la espesura
Entre los juncos
los batracios
con un trozo de sangre en las pupilas.
 
La noche
traza contornos de muerte en los helechos
Tras las cortinas
descansas agotada entre las sombras
con un proyecto de relámpago entre las sienes.
                                                                          (p. 17)
 
 
Jornadas
 
Primera edad
Se sucedieron extensas cacerías en ilímites fronteras
El tiempo alacrán
se enredaba en las astas de los toros
Tú temblando en las retamas
Anunciabas los encuentros.
 
Segunda edad
Incendio sobre el reino de los grillos
suscitaba estrangulantes
saltos chamuscados
Al abrir los ojos
me vi ardiendo en el alcohol de tus contornos.
 
Tercera edad
Ya no la retama de los nidos
Ya no el grillo perseguido por los pájaros
ni el pardo caminito que vio secretamente
el cansancio de los toros
Ahora enormes escaleras de cemento
y nosotros
confinados a escasos centímetros cuadrados
donde han osado poner precio a tus encantos.
                                                                       (p. 29)
 
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De: Ascensión a la noche. Lima: Ediciones Lluvia, 1980.